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Los Estudios Culturales Los Estudios Culturales nacen en Gran Bretaña durante la década de los sesenta y recogen las tradiciones de los estudios literarios, el marxismo, la antropología, la sociología y la semiótica. Dentro de esta corriente, la cultura no se considera el conjunto de las obras de arte o del pensamiento, sino los significados y las prácticas sociales compartidas por una colectividad. Desde este punto de vista, los Estudios Culturales constituyen, entre otras cosas, una teoría crítica de la comunicación, puesto que cuestionan los clásicos modelos del emisor/receptor para incluir el estudio de la comunicación dentro del estudio de la cultura. Por tanto, esto significa estudiar la comunicación a partir de las dinámicas sociales en que se produce. Los investigadores de los estudios culturales consideran que la comunicación es un proceso asimétrico, es decir, los productores y los consumidores no se encuentran en el mismo nivel, por tanto, están en una situación de desigualdad. A partir de aquí surge el problema del poder. Para los Estudios Culturales, éste no es simplemente una cuestión de fuerza, sino, básicamente, de negociación y consenso entre los colectivos sociales implicados. En este sentido, critican las ideas dominantes según las cuales la gente permanece indefensa ante el poder absoluto de los medios. Sobre este punto, las diferentes teorías de la recepción postulan distintos grados de autonomía de los públicos. Los Estudios Culturales no hablan de sociedad de masas, es decir, de la sociedad que surge de la industrialización y que se concentra en las ciudades. La "masa" sería un conjunto de gente indiferenciada, que se puede manipular con facilidad y que adopta, de forma acrítica, la ideología de la clase dominante. La cultura de masas es, pues, una cultura industrializada y de baja calidad. Los estudios populares constatan que el tipo de producción capitalista que origina esta sociedad de masas ha pasado a ser un modo de producción flexible que conduce a una segmentación de los mercados y aumenta las desigualdades, al mismo tiempo que refuerza al individuo como sujeto activo en la toma de decisiones sobre lo que quiere consumir, cómo y cuándo. (Fecé, 2001, pág. 46). |