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El Altar de Zeus de Pérgamo C. 180 - c. 159 ane. Dimensiones del friso: 2,28 m de altura x 120 m de largo. Staatliche Museen Preussischer Kulturbesitz, Berlín
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Santuario de época helenística, consagrado a Zeus, y edificado entre el 180 y el 160 ane por la iniciativa de Eumenes II, estaba constituido por tres pórticos de columnas jónicas, que enmarcaban una escalera monumental y el altar, a cielo abierto. Un inmenso zócalo estaba decorado por un friso de 112 m de largo por 2,30 m de altura, que representaba la gigantomaquia según Hesíodo. Estos relieves, que se conservan en el museo de Berlín, son una de las muestras más características de la escultura del arte cortesano sofisticado del periodo helenístico. Las inscripciones en la cornisa superior y el zócalo nos recuerdan el nombre de los artesanos de Rodas, Efeso, Atica y Pérgamo que lo construyeron.
Se trata de una obra magnífica (fue considerada una de las siete maravillas del mundo) en la que no cabe buscar ni la armonía ni el refinamiento de la primitiva escultura griega, Evidentemente, el artista se propuso conseguir efectos de gran fuerza dramática. La batalla se desencadena con una violencia terrible, en la que los titanes son aniquilados por los dioses triunfantes, y se debaten entre el dolor y la agonía.
Un salvaje movimiento y la agitación de los ropajes lo llenan todo. Para conseguir efectos más llamativos, el relieve ya no es plano, sino que está compuesto con figuras que casi salen totalmente de la pared (altorrelieve) y que, en la lucha, parecen desbordarse por la escalera que lleva hacia el altar.
El zócalo interior está decorado con un friso narrativo con la historia de Telefo, el supuesto antecesor mítico de la familia reinante. El friso exterior tiene una distribución iconográfica que va desde el lado oriental con las divinidades olímpicas (Zeus, Atena), al lado sur con las divinidades y fuerzas del cielo diurno y de la luz, hasta el occidental con las divinidades marinas y las de la tierra precedidas por Dionisos, y el norte con las divinidades de la noche.
El tema central del lado oeste, el primero que veía el visitante, representa a Zeus luchando contra tres gigantes a la vez, mostrando su cuerpo poderoso al resbalar los ropajes por sus espaldas; también está Atena, que se gira para vencer a otro enemigo. Los gigantes, que llevan las de perder, aparecen con piernas de serpiente, alados, o en forma de simple ser humano. Existe una cuidada ordenación y variación de las poses de cada figura: de perfil el que se cae a la izquierda de Zeus, el de la derecha, cae sin sentido sobre sus rodillas y su cuerpo presenta una perspectiva de tres cuartos; a la derecha, un tercer gigante, de espaldas, se levanta sobre sus piernas de serpiente para continuar la lucha.
Atena, alejándose de Zeus con paso enérgico, coge a un enemigo por los cabellos: se trata del gigante Alcioneo que perdía toda su fuerza cuando no tocaba de pies en el suelo. El gigante, cuyas alas ocupan la parte superior del relieve, mira a la diosa con ojos angustiados, con una expresión de dolor y dramatismo que recuerdan las obras de Escopas. A la derecha de Atena, la diosa Tierra, madre de los gigantes, suplica a Atena para que perdone la vida de su hijo, pero Atena permanece impasible, y una Victoria alada, que ya conoce el desenlace, pasa volando sobre la cabeza de la diosa Tierra para ir a coronar a Atena.
El tema dominante de Zeus y Atena, un dios y una diosa poderosos, que se mueven en direcciones opuestas y se giran para mirarse mútuamente, es el mismo tema de la composición del frontón occidental del Partenón. Se subraya, de esta manera, la pretensión de los reyes de Pérgamo de erigirse en herederos culturales de los atenienses del siglo V ane.
Paradigma de la escultura helenística, estos relieves reúnen la mayoría de sus características como la tendencia al realismo, al movimiento, al "pathos" a lo sensual. El naturalismo consigue que los seres humanos se caractericen no sólo por su edad, personalidad, sino también por el estado emocional; el interés por la anatomía llega a delimitar cada uno de los músculos, produciendo enérgicos efectos de claroscuro.
"Para encontrar una obra original, al menos sus restos, es preciso alcanzar el siglo II, el reinado de Eumenes II, cuando Pérgamo alcanza su apogeo. En el Gran Altar de Zeus, levantado en la Acrópolis de la ciudad, se narran dos historias claramente alusivas a Pérgamo y sus monarcas: la Gigantomaquia, donde la lucha de los dioses y los gigantes traspone la lucha y la victoria sobre los gálatas, y la aventuras de Telefo, hijo de Herakles.
La Gigantomaquia recuerda las grandes composiciones de los frisos clásicos. La lucha entre dioses y gigantes se extiende por los cuatro lados del friso en un ritmo de cuerpos entrelazados, en altorrelieve, sobre un plano en el que las sombras se perfilan intensamente marcando agudos contrastes. A pesar de la enorme cantidad de motivos y figuras, el friso de Pérgamo recupera algunas de las cualidades esenciales de la estatuaria clásica del último momento: su claridad y nitidez, su organización visual y, en última instancia, su monumentalidad. El convincente empleo del altorrelieve permite la disposición de motivos en varios niveles de profundidad (no en un inexistente espacio tridimensional; esta profundidad no responde al concepto naturalista o empírico de profundidad espacial), según aquel principio de composición sobre el plano que era propio del clasicismo, logrando así que las figuras destaquen nítidamente del entorno y se enfrenten unas a otras como elementos singulares. La gran agitación y el carácter extremadamente voluminoso de muchas de ellas, la narrativa gesticulación de sus rostros o la curiosa descripción de sus formas no son obstáculo para una visión global del conjunto y una fácil aprehensión del ritmo.
Bibliografía
Bozal, V. (1992), La escultura. Vol. 2 de la Historia del arte. Barcelona. Carroggio S.A. de Ediciones. Pàg. 110-111
Woodford, Susan (1995), Introducción a la historia del arte. Grecia y Roma. Barcelona. Gustavo Gili. 4ª ed.
Pollit, J.J. (1998), El arte helenístico. Madrid. Nerea. 2ª ed.
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