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Abdula ben Said, Chaáfar el Eslavo: Mezquita de Cordoba . Siglos VIII-X. Córdoba
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La cultura musulmana tiene en la mezquita su edificio paradigmático. La función de los templos clásicos -griegos y romanos- era la de albergar la estatua de sus dioses. Los templos cristianos tenían como función ser la casa de Dios y, a la vez, cobijar a los fieles. La mezquita representa la tipología más simple del templo; los musulmanes sólo necesitan una superficie horizontal, el suelo, para sus plegarias, sin imágenes ni altares. Incluso las arenas del desierto son su templo si se conoce el requisito fundamental: la orientación, ya que las plegarias se hacen siempre en dirección a La Meca, centro del mundo islámico. "A diferencia de una iglesia -declaraba el líder indio musulmán, Muhammad Alí Rampuri- una mezquita no es un lugar silencioso, iluminado con una luz religiosa mortecina y abandonado la mayor parte de la semana; sino... un lugar aireado, con mucha luz... y ocupado por innumerables hombres".
"La oración es como una corriente de agua fresca que fluye por delante de la puerta de cada uno de vosotros" asegura una tradición. "Un musulmán se zambulle en ella cinco veces al día". Al amanecer, al mediodía, por la tarde, inmediatamente después de ponerse el sol y al oscurecer cuando el muecín llama a los musulmanes a la oración: "Dios es el más grande" grita cuatro veces en árabe. "Doy testimonio de que no hay más dios que Dios" (dos veces). "Doy testimonio de que Mahoma es el mensajero de Dios" (dos veces). "Venid a orar" (dos veces). "Venid a triunfar" (dos veces). "Dios es el más grande" (dos veces). "No hay más Dios que Dios!".
El fiel acude a la mezquita en silencio (las mujeres suelen orar en sus casas), se descalza, se lava (expresando simbólicamente su deseo de limpieza interior), y se coloca en línea con sus compañeros, mirando a La Meca, y espera la señal del imán para iniciar la plegaria. Cuando realiza un rakat o ciclo de oración, todo su cuerpo expresa las palabras que pronuncia: cuando dice "Gloria a mi Señor, el Grande", se inclina; y cuando pronuncia "Gloria a mi Dios, el Omnipotente", se postra poniendo la frente y la nariz en el suelo, como signo de su sumisión a Dios. Toda su actitud debe ser de humildad, devoción y concentración de todo su ser; si no es sincero, su plegaria no tendrá valor alguno.
El diseño de la mezquita -palabra derivada de "masjid", "lugar para postrarse"- y sus características reflejan directamente sus funciones en el culto público. Esencialmente, es un muro (la quibla), orientado de tal modo que una línea recta tirada desde La Meca la partiría en ángulos rectos. Ello asegura que el musulmán sepa el lugar hacia donde ha de dirigir su rostro al orar; el nicho abierto en el muro por el mihrab señala esta dirección. La tendencia a que el edificio sea cuadrado, y no longitudinal, responde al deseo de los adoradores de orar lo más cerca posible del muro del mihrab, y por tanto de La Meca; aquí no es necesario, como en el templo cristiano, dar al culto un sentido procesional. El mihrab en sí no es sagrado, como lo es el altar de los templos cristianos; lo sagrado es la dirección que señala. Tal es el énfasis que se pone en ello, que los musulmanes cuidan de alinear los retretes, las tumbas y hasta las alcobas para evitar la posibilidad de cualquier falta de respeto inadvertida. La forma cóncava deriva del ábside cristiano, introducido a comienzos del siglo VIII por albañiles coptos. El minarete (de minara, que significa faro) se desarrolló con vistas a llamar a la gente a la oración. Es esencial algún tipo de pila o fuente (mida), de forma que los fieles puedan realizar sus abluciones; como lo es también el minbar o púlpito, desde el que el imán pronuncia su sermón del viernes. Está a la derecha del mihrab y al principio era una simple escalera de tres peldaños (el imán pronuncia su sermón desde un peldaño inferior, pues sólo el Profeta predicó desde el peldaño más alto). En el imperio otomano y en el norte de Africa se hizo habitual un minbar profusamente decorado y con una escalera monumental. Finalmente, la macsura o espacio cerrado donde se situaba el califa.
El conjunto de Córdoba, un rectángulo de 175 x 128 metros, forma uno de los primeros ejemplos del tipo hipóstilo de mezquita, el más idóneo para resolver las necesidades de la comunidad musulmana. A través de numerosas puertas se puede acceder a un amplio patio o sahn de 120 x 58 metros, en donde se encuentra la fuente para las abluciones. Sin ningún muro de separación, los fieles, ya purificados, entraban e el haram o sala de oración, con alfombras por el suelo. Esta ausencia de límites muestra la sensación de infinitud, de vacío arquitectónico que querían comunicar los constructores islámicos. Su quibla no está orientada a La Meca, sino al sur. Se alzó en el lugar donde estuvo la basílica de San Vicente, comprada a los cristianos cordobeses per Abd a-Rahman I en el año 786, y aprovechando muchos elementos de ella -soportes, capiteles, columnas, cimacios- para el nuevo edificio. En la primitiva construcción de Abd al-Rahman I, el haram constaba de once naves de doce tramos cada una, con columnas y capiteles tanto romanos como visigodos, según el sentido ecléctico del arte musulmán. Flexible y adaptable, este bosque de 514 columnas albergaba pequeñas reuniones de los maestros con sus discípulos, sentencias de los cadís después de escuchar las causas judiciales y las aglomeraciones para las plegarias perceptivas. Los arquitectos de Abd al-Rahman dotaron de altura y luminosidad al conjunto gracias a un ingenioso sistema de soportes superpuestos. Sobre las columnas, las pilastras sostienen arcos de medio punto y se enlazan con arcos de herradura que las calzan. La dicromía de las dovelas -blanco y rojo- corresponde a los materiales usados: piedra y ladrillo. Este cromatismo y la mayor amplitud de los arcos superiores acentúa la esbeltez y la luminosidad del recinto y le confiere un ritmo único. Simbólicamente este sala muestra la imagen de un oasis de palmeras, singular enclave para reconfortarse en la inmensidad del desierto. Seis meses tan sólo duró su construcción, que la configuró inicialmente como una mezquita de modelo sirio de unos 40 x 80 metros, incluido el patio.
La mezquita sufrió tres importantes modificaciones en época islámica. Abd al-Rahman II alargó el haram en siete tramos, construyó un nuevo mihrab, levantó el minarete y abrió las portadas exteriores con puertas de herradura con arrabán. Fue menester hacer nuevas columnas y capiteles, pues no quedaban ya materiales visigodos o romanos aprovechables. Quizás fue en este momento cuando las reformas buscaron ganar altura mediante la disposición de pilares sobre las columnas preexistentes. Estos pilares apean arcos de medio punto y en su parte inferior, enjarjados en ellos, se sitúan arcos de entibo de herradura. Para dar mejor apoyo a los pilares, que sobresalen del diámetro de los fustes de las columnas, se disponen sencillos canecillos de lóbulos o rollos, de gran importancia ya que serán un motivo que se prodigará y revelará la influencia islámica en los edificios cristianos.
Al-Hakam (962-965) añadió, hacia la cabecera, doce tramos más, conservando el mihrab enriquecido con mosaicos de origen bizantino, construyó la macsura e introdujo la bóveda de arcos entrecruzados. Los arcos se estilizan; se tiende a ensanchar la clave y a reducir el número de dovelas que, en muchos casos, ya son todas de piedra, aunque se pintan alternadamente de blanco y rojo. Aparecen y se prodigan los arcos trilobulados, pentalobulados y polilobulados; surge el arco apuntado con su intradós ligeramente rizado -es decir, con tendencia al angrelado. Los arcos se superponen y entrecruzan. Pero lo fundamental de esta etapa es la aparición de la bóveda de crucería, que se utiliza en la macsura; asimismo se utiliza la bóveda gallonada, tanto en el magnífico nuevo mihrab como en los plementos entre los arcos de la bóveda de la crucería de la capilla de Villaviciosa (tramo que ocupaba el mihrab de Abd al-Rahman II). En lo decorativo es evidente la influencia del arte bizantino: los mosaicos de la capilla del mihrab fueron obsequio del emperador de Bizancio.
Al-Mansur (987-990) añadió ocho naves y descentró el mihrab. Esta ampliación lateral, de menor importancia e inferior calidad, corresponde al interés propagandístico que tenía de asemajarse a los califas. El resultado fue la planta definitiva de 19 naves.
Bibliografía
Azcárate, José Mº de (1992), La arquitectura: de los orígenes al Renacimiento. Tomo 3 de la Historia del Arte. Barcelona. Carroggio S.A. de Ediciones.
Grabar, O. (1981), La formación del Arte Islámico. Madrid. Cátedra.
Marçais, G. (1983), El arte musulmán. Madrid. Cátedra.
Robinson, Francis (1992), El mundo islámico. Esplendor de una fe. Madrid. Ediciones Folio/Ed. del Prado.
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