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Negación de santo Tomás . 1042-1073. Relieve de un pilar del claustro. Monasterio de Santo Domingo de Silos. Burgos.
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Los claustros del monasterio de Santo Domingo de Silos a 57 km de Burgos, son una de las obras cumbre de la escultura y de la arquitectura de la época. En los machones se plasman escenas de la vida y pasión de Cristo, y los capiteles están labrados con un inagotable muestrario de leones, dragones y otras criaturas míticas.
Una inspiración orientalizante se vislumbra en la que quizá sea la obra fundamental de la escultura románica castellana, el claustro de Santo Domingo de Silos, cuya construcción duró casi un siglo. Allí fue enterrado santo Domingo en el 1703, pero luego continuó la construcción de las galerías oeste y sur, mientras que la construcción del claustro alto se inició ya a finales del siglo XII.
En el ángulo noroeste, por ejemplo, el Primer Maestro presenta la Negación de santo Tomás y los Peregrinos de Emaús. En aquel ha de disponer, además de las figuras de Jesucristo y santo Tomás, las figuras de los restantes apóstoles, para lo cual compone la escena mediante tres filas superpuestas de cuatro figuras las dos superiores y cinco la inferior, disminuyendo la altura de las figuras de la superior a fin de que encajen perfectamente en el arco, e introduciendo un doble movimiento mediante la postura levemente inclinada de los apóstoles de las dos filas superiores para alcanzar un acorde con la forma del arco. En la primera fila, la única en que los cuerpos de las figuras se ven completamente, coloca tres apóstoles, Jesucristo y santo Tomás. Los tres apóstoles vistos de frente escapan a la rigidez mediante un movimiento inverosímil de las piernas y el cuerpo, que parecen cruzarse y plegarse respectivamente; Jesucristo, más grande que las otras figuras, rompe el esquema y destaca sobre el ritmo general con las piernas firmemente asentadas sobre el suelo, mientras que santo Tomás, de perfil, dirige su mano hacia la herida que Jesucristo muestra levantando el brazo. De esta forma, la composición convierte la escena en un "triunfo".
Por lo que hace a cada una de las figuras mismas, sus cuerpos se estilizan y alargan, plegándose sobre sí mismos, como si no pudieran salir del plano que son; la organización del cuerpo se establece a partir del ritmo lineal de los pliegues y un esquematismo elemental que distingue sus diversas partes con nitidez, sin romper con ello esa especie de "línea serpentinata plana" que se ha convertido en el eje de todas y cada una de las figuras, perceptible no sólo en éste sino en todos los relieves. Los rostros, similares, cambian su significación anímica mediante leves alteraciones, respetando en general, como en los restantes relieves, el principio de generalidad que es propio del Románico: no hacen nada, sino que asisten a un acto de gloriosa trascendencia.
Bibliografía
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