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Ciudad medieval. Murallas de Carcassone . Siglos XII-XV. Restauradas por viollet Le-Duc en el siglo XIX. Carcassone.
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El resurgimiento de la vida urbana se había explicado, a menudo, siguiendo las tesis del historiador Henri Pirenne. Se suponía que el hundimiento del Imperio Romano de Occidente y las posteriores invasiones provocaron el colapso de la dinámica comercial europea, el retroceso de la vida urbana y la ruralización de la sociedad, agravada por la desaparición de los intercambios comerciales y por la falta de actividades artesanales y manufactureras, dado el marco de economía autárquica de los grandes latifundios. En este contexto, la expansión del Islam habría provocado el desplazamiento de la vida política del mediterráneo a la Europa septentrional, sumando un nuevo factor de freno al desarrollo del comercio. A partir de este análisis, se explicaba la fundación de nuevos centros urbanos: mercaderes nómadas, ya desde el siglo X, se establecieron en puntos estratégicos de las rutas comerciales -un mercado rural, un monasterio, un castillo- donde encontraron protección; con el tiempo, el lugar se convirtió en centro de transacciones comerciales y polo de atracción del campesinado, a donde iba a vender los productos del campo y a adquirir productos manufacturados. El establecimiento permanente de estos mercaderes constituyó el embrión de una nueva ciudad, a la que afluyeron los campesinos quienes, dejando los trabajos agrícolas, se convirtieron en manufactureros. Al final, una muralla se levantó para defender el conjunto, de manera que el barrio de mercaderes se convirtió en un nuevo burgo, distinto del núcleo integrador inicial.
Actualmente se ha modificado la idea de que la reactivación del comercio de largo alcance y la actividad de los mercaderes ambulantes sea la base de la aparición de las ciudades medievales. Ni las rutas comerciales desaparecieron totalmente ni se produjo un vació entre las ciudades romanas y las medievales.
Los motores del resurgimiento urbano fueron el excedente agrario, generado, en parte, gracias a la rotación trienal, la sustitución del buey por el caballo, el uso de la arada de vertedera, la proliferación de molinos de agua, lo que permitió la emigración a los núcleos urbanos existentes con la consiguiente conversión de los campesinos en artesanos. Sumando, por tanto, excedente agrario, especialización en el trabajo, crecimiento de la población europea y actividad de los mercaderes, da como resultado el renacimiento de las ciudades medievales.
Y ello permite entender mejor la expansión constructiva de los siglos XII-XIV; por ello, al lado de las lonjas, puentes, atarazanas, murallas, consulados y edificios corporativos, claramente financiados por la nueva clase burguesa, encontremos catedrales, palacios, monasterios y castillos, básicamente financiados por una nobleza laica o eclesiástica, que basa su riqueza en las rentas agrarias.
Las ciudades medievales se dividen en tres grupos en cuanto a su origen. Ciudades romanas, que conservan su trazado original (las murallas y el esquema ortogonal vertebrado por el cardo y el decumanus) como Rouen, o que han sobrepasado las murallas romanas y el nuevo núcleo se ha rodeado de un nuevo circuito amurallado y se ha escindido del núcleo inicial, como Narbona, o bien se ha integrado en el conjunto rodeándolo de una nueva muralla, como el caso de Barcelona. Ciudades espontáneas, nacidas sin la intervención de la autoridad civil o eclesiástica, a partir de un elemento preexistente (un latifundio romano, un monasterio, un castillo) que hace de elemento integrador. Es el caso de Perpiñán o Moissac. Su modelo urbanístico es el plano concéntrico: todas las líneas convergen hacia un centro y la ciudad tienen un contorno circular. Ciudades creadas por iniciativa real mediante la construcción de una mínima infraestructura y la concesión de una Carta de franquicias. Algunas obedecen al esquema urbanístico de la cuadrícula como Castellón de la Plana y Villa-real.
La ciudad medieval rompe definitivamente con la tradición del hábitat de herencia oriental. Hasta el mundo greco-romano predominó la casa introvertida, el edificio orientado hacia el interior: esta tipología sólo perdurará en los monasterios: el claustro no es más que un patio interior con peristilo. En la ciudad medieval desaparecen los rasgos que definen el hábitat oriental: el patio central, la pared de privacidad en la entrada principal, la división en espacios para hombres y mujeres, la fachada sencilla y la mezcla social en el mismo barrio.
Los elementos que predominan en el hábitat medieval son: la defensa, como lo muestra la proliferación de las torres (fortalezas regulares con pocas y estrechas ventanas, almenas y una entrada a dos metros del suelo), y la influencia del mundo rural, como se puede comprobar en las casas urbanas con techo a dos aguas y una planta estrecha y larga. El patio de estas casas es un patio para cargar y descargar mercancías, o complementa el taller de las casas de los artesanos, o sirve de huerto, pero ya no se trata de un jardín o de un espacio de intimidad familiar. La ciudad occidental medieval no es, pues, la expresión de una continuidad con el pasado romano.
Aunque no existe un modelo generalizable para toda Europa, podemos enumerar algunas características comunes de la forma de la ciudad medieval. La red de calles es tan irregular como la de las ciudades musulmanas, pero están organizadas formando un espacio unitario: siempre es posible orientarse en ellas y se puede llegar a tener una idea general del barrio o de la ciudad. Las plazas no son independientes de las calles, sino que son simples ensanchamientos; toda la ciudad medieval es un mercado: cada calle tenía un espacio donde se realizaba un mercado. Las casas, de varias plantas, se abren hacia el espacio público y tienen una fachada que contribuye a formar el ambiente de la calle o plaza; por tanto, los espacios públicos y privados no forman zonas contiguas y separadas como sucedía en la ciudad antigua: existe un espacio público común que se distribuye por toda la ciudad y en el que se exhiben todos los edificios públicos y privados. La fachada que daba a la calle tenía, pues, un notable valor comercial.
El espacio público de la ciudad tiene una estructura compleja, puesto que debe reflejar los distintos poderes (obispo, gobierno municipal, órdenes religiosas, corporaciones...). Así, una ciudad importante nunca tiene un único centro, sino un centro religioso alrededor de la catedral y el palacio episcopal, un centro civil, con el palacio municipal, y un centro comercial, con las lonjas y el mercado.
La ciudad se divide en barrios y cada barrio y calle concentra una determinada población. Así la ciudad agrupa las distintas especialidades y separa la población por oficios, por etnias (el barrio judío), por la moral (el prostíbulo), por la riqueza.
Bibliografía
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