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Pinturas rupestres de la Cueva de Altamira 18.000-14.000 ane. Cultura magdaleniense. Cueva de Altamira, Santillana del Mar.
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En el techo de la cueva de Altamira se encuentra la pintura parietal más evolucionada, con muchos ejemplos de modelado, ruptura de la línea y habitual abandono de la silueta simple. Su cronología ha sido establecida entre el 18.000 y el 14.000 ane.
Se representan sobre todo bisontes y ciervos, además de algunos caballos y jabalíes
Sorprende la variación cromática y tonal, la sutileza de los sombreados y el aprovechamiento de las rocas para crear efectos de relieve. En la mayoría de los bisontes cuando el cuerpo está representado de perfil también lo están sus cuernos, sin necesidad de torcer el cuello del animal de manera forzada.
El verismo de las actitudes y de la expresión son sorprendentes, pero se trata de un naturalismo conseguido no tanto con la reproducción mimética de la realidad, sino mediante unas manchas de color y unas líneas y formas que traducen la tensión, el ritmo o la fuerza de la figura representada, logrando que cada figura sea melódica y expresiva en su pura armonía cromático-formal.
Para realizar formas tan concentradas tuvieron que combinar todos los medios de expresión conocidos: pintando directamente sobre la superficie de la cueva, con pinceles fabricados con pelo de animal o soplando a través de cañas huecas, restregando sobre la superficie y grabando con pedernal, así como usando las manos para los últimos toques.
Mediante potentes pinceladas se consiguen los rasgos principales, que se acaban con trazos más finos. Con esta técnica se consiguen efectos de perspectiva, por ejemplo en la patas del animal. En las ingles se deja sin pintar una franja estrecha de la roca natural, para intensificar la separación de las zonas rojas y negras.
La gama de pigmentos usados en Altamira va del ocre rojo, el pardo y el amarillento al óxido de manganeso azul-negro; a veces se usaba también carbón vegetal. Antes de aplicarlos a la pared se mezclaban con grasa animal, cola de pescado o sangre. A pesar de ser una gama más restringida que en las pinturas de Lascaux, gana en matices sutiles, consiguiendo una gran variación tonal con cada color.
El dibujo, de un trazado muy fino, creaba un esbozo inicial, que se llenaba parcialmente de color. Las partes dotadas de una expresión más intensa eran subrayadas con un buril. Antes que el color se secara se restregó para conseguir nuevos matices y una sensación de mayor viveza.
Esta cierva es una de las mejoras figuras de Altamira. Con sus 2,20 metros supera al mayor de los bisontes. Se ha trazado la silueta en negro sobre una incisión en la piedra. Su cuerpo se ha pintado en tonos rojos y marrones suaves. A su alrededor encontramos signos rojos y grabados antropoides. Su calma imperturbable, su tamaño colosal y su aislamiento le prestan aspecto de ídolo: no es, desde luego, la imagen gratificadora del deseo de dar muerte al animal, como podrían sugerir las interpretaciones que asignan a estos animales un ritual de caza.
Cerca de la cierva se encuentra un bisonte mugiendo, pintado en ocre negro y amarillo. La espléndida cierva roja, de contorno fluido y suave, aparece yuxtapuesta a la lívida maldad de este bisonte enfurecido, que adelanta la cabeza, con su hocico negro y sus ojos redondos y rodeados por un círculo. Cabeza y hombro forman una sola línea continua. La crin se abre a un lado y otro, erizadas sus cerdas como dientes de sierra, detalle que transmite la ira del animal; aspecto que también está subrayado por la poderosa curvatura del lomo, que aprovecha una fisura profunda de la roca. El animal aparece captado en el momento en que se recoge para el salto.
Frente a la gran cierva se halla el bisonte más majestuoso del techo (2,05 metros). Sus patas traseras se apoyan en un símbolo rojo, como un charco de sangre. La pesadez imponente de su cuerpo les presta una calma imperturbable. La barba apuntada y saliente, los pesados hombros y la papada colgante, contribuyen a reforzar la superioridad de este animal
Donde más se manifiesta la fuerza artística de estas pinturas es en las figuras enroscadas de bisontes recostados -ni caídos ni muertos, quizás pariendo- cuyas formas están determinadas por protuberancias de la roca. En ellas se demuestra la capacidad del artista magdaleniense para descubrir la vida latente en las excrecencias accidentales de la roca y darle forma.
Unos han visto en la gran sala un santuario tribal; otros la ven como el escenario de una batalla mágica e interpretan las figuras enfrentadas de la gran cierva y el gran bisonte como los representantes totémicos de dos clanes en guerra. Este techo en su conjunto parece suministrar, sin embargo, pruebas del predominio de ritos de fertilidad, y la asociación de animales y símbolos corroboraría esta hipótesis.
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