Lascaux
El príncipe Rahotep y su esposa Nofret El príncipe Rahotep y su esposa Nofret
IV Dinastía, 2.500 ane. Altura del hombre: 120 cm. Altura de la mujer: 118 cm. Caliza policromada.
Museo Egipcio, el Cairo.


Las formas representativas del arte egipcio -escultura de bulto redondo, relieve y pintura- adquieren un carácter definitivo hacia los comienzos del Período dinástico, y los cambios artísticos a través de los distintos períodos reflejan los cambios producidos en la sociedad. La mayoría de obras egipcias tuvieron una función, bien fuese como objetos cotidianos o, por lo general, como objetos reservados dentro de un contexto religioso o funerario. Habitualmente, la escultura constituye el doble en el que se tenía que encarnar el difunto; por ello usaban piedras duras, formas compactas, la idealización del individuo en su plenitud y una actitud reposada. Cabe recordar que una denominación egipcia para el escultor era, precisamente, "el-que-mantiene-vida".

La figura es, pues, el doble que asegura una verdadera presencia. Ello es básico para un arte que quiere garantizar una vida más allá de la muerte; pero, para que el efecto mágico sea posible y tenga toda su fuerza, es preciso que la representación sea total y que mantenga la integridad, si no el difunto sufriría la misma mutilación que el doble. Y para representar la figura en su totalidad se adoptaron una serie de convencionalismos, entre ellos, la estatua bloque que evita cualquier saliente que pudiera romperse con facilidad. Ya en los primeros retratos -de la IV dinastía, encontramos una simplicidad y solemnidad que no se olvida fácilmente: el escultor sólo se ha fijado en las cosas esenciales. Quizás precisamente por esta estricta concentración de las formas básicas de la figura humana, estos retratos -a pesar de su casi geométrica rigidez- siguen siendo tan impresionantes. La observación de la naturaleza y la proporción del conjunto se encuentran tan perfectamente equilibradas que nos impresionan como seres dotados de vida y, no obstante, se nos muestran lejanos en su eternidad. Esta combinación de regularidad geométrica y de aguda observación de la naturaleza es una característica de todo el arte egipcio.

Casi todas las grandes estatuas muestran una figura que mira de frente, en una línea que forma ángulo recto con el plano de los hombros, y cuyos miembros quedan enmarcados dentro de los mismos planos. Por lo general, están en reposo o sentadas, sin desarrollar actividad alguna. La relación orgánica de los miembros del cuerpo está escasamente indicada, de modo que las estatuas recuerdan el "diagrama" bidimensional por el hecho de ser un agrupamiento de partes discretas. Las principales excepciones a tan rígida geometría son las cabezas que miran hacia arriba, quizá para ver el sol, o hacia abajo, como en las representaciones de escribas, que se concentran en el papiro desplegado sobre su regazo.

En la obra artística de dos y tres dimensiones la base era el dibujo preparatorio. Se utilizaban pautas cuadriculadas o conjuntos de líneas de guía para asegurarse una representación cuidada y precisa. Hasta la XXVI dinastía, las pautas del cuerpo humano se fundamentaban en el tamaño del puño de la figura, que se dibujaba en un ángulo, y que se relacionaba proporcionalmente con todas las otras partes del cuerpo. Las esculturas partían de bloques cuadrados, cuyos lados principales servían de superficies para las pautas y dibujos. Después, la piedra iba siendo tallada sobre la guía del dibujo, y a medida que la obra progresaba se iban renovando una y otra vez los dibujos. Los estadios finales comprendían el pulido de la superficie, para eliminar las marcas de las herramientas, y la aplicación posterior de una capa de pintura.

A comienzos del Período dinástico ya se dominaban todas las técnicas fundamentales, de modo que el desarrollo artístico consistió principalmente en la elaboración de las formas representativas, y en la iconografía y la composición. Las herramientas básicas eran sierras de cobre (más tarde de bronce), barrenas y cinceles, que se empleaban junto con arena húmeda, sustancia abrasiva a la que se debía en realidad la mayor parte de la incisión; se utilizaban también martillos de piedra muy dura.

"Hace más de un siglo, fueron halladas en su tumba de Meidum las estatuas del Príncipe Rahotep y su esposa Nofret (IV dinastía). Realizadas en piedra calcárea y trabajadas en cuerpos independientes, fueron concebidas como un conjunto escultórico. Los dos cuerpos están sentados en sólidas sillas de piedra que reproducen en ángulos rectos la postura del cuerpo; éste está tratado con cierta ligereza y de acuerdo a las normas imperantes. El cuerpo masculino evidencia la tosquedad de las piernas, la exagerada angulosidad de los hombros y una flexión demasiado baja del brazo derecho. La figura femenina está enfundada en la larga y estrecha túnica de lino, que sólo deja visible la mano derecha, pero simultáneamente dibuja el contorno del cuerpo, con los mismos defectos que la estatua de Rahotep.

Como muchas otras, ambas están coloreadas: el cuerpo masculino es de color rojizo, en tanto que la piel femenina es de un ocre claro. El conjunto es armónico al reproducir un esquema y crear a través del color blanco un vínculo entre las dos piezas. La estatua de Rahotep está concebida como una más dentro de su clase: faldellín corto de lino y un pequeño colgante sujeto al cuello, probablemente un amuleto. La cabeza está trabajada con esmero: una peluca corta que hace visible grandes orejas; suave modelado de la nariz y una boca grande y de abultados labios ligeramente sombreados por el bigote; potentes líneas negras arquean las cejas y enmarcan los ojos, que para mayor realismo llevan incrustados trozos de cristal y cobre. La figura de Nofret, por su calidad de mujer de alta posición social, es ostentosa: un rico collar se ajusta al cuello y se expande en abanico sobre el pecho; abultada y pesada peluca, partida al medio, cae a los lados de la cara en apretadas y retorcidas hebras que enmarcan el rostro como una masa ancha y oscura, produciendo un efecto de achatamiento de su relieve. Una ancha banda con dibujos de flores sujeta el pelo y constituye otro elemento de sobria ornamentación. El rostro de Nofret ha sido tratado con igual cuidado que el de su marido, pero se ha acentuado en él el maquillaje, la prolongación del arco ciliar y la coloración sugerente de los ojos." (Bozal, V., ob., cit., págs. 42-43)

Bibliografía

Baines, John y Málek Jaromir, (1992), Egipto. Dioses, templos y faraones. Madrid. Ediciones Folio/Ed. Del Prado. Vol. I, págs. 56-61
Bozal, V (y otros) (1992), La escultura. Tomo 2 de la Historia del Arte. Barcelona. Carroggio S.A. de Ediciones
Frankfort, H. (1982), Arte y arquitectura del Oriente Antiguo. Madrid. Cátedra.



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