Cimabue: Virgen majestad, ángeles y santos
 Cimabue: Virgen majestad, ángeles y santos Cimabue: Virgen majestad, ángeles y santos.
Siglo XIII. 385 x 223 cm.
Galleria degli Uffizi. Florencia.


Obra básica para comprender el cambio estilístico que se produjo en la pintura florentina de finales del siglo XIII, es esta Madonna atribuida a Cimabue, cuyo nombre verdadero era Cenno di Peppi.

Esta gran composición sobre tabla muestra la Virgen y el Niño entronizados en una monumental cátedra decorada con incrustaciones geométricas, con un acompañamiento de ocho ángeles distribuidos de forma simétrica y, en la parte baja, encuadradas por arcuaciones, las figuras de cuatro profetas.

El tipo de virgen creado por Cimabue es de una tal dulzura, que basta con estas figuras femeninas para considerarle el padre de la pintura moderna. Y es, además, esencialmente florentino; la elegancia aristocrática de este tipo de vírgenes será siempre la nota dominante de la escuela de Florencia.

La realización pictórica es de una minuciosidad tal que parece responder al "horror vacui". Los ropajes de la Virgen y del Niño están recorridos por haces de líneas doradas que describen las aristas de los pliegues. Las alas angélicas, por su parte, despliegan los distintos colores del arco iris. El tratamiento de los rostros responde a un deseo de manifestar su entidad corpórea, mediante sombras hechas con un fino trazo, que se aplicaron sobre un color de carnación uniforme. La duplicidad de métodos, caligráfico y geométrico el de los ropajes, naturalista el de las caras, es típico de Cimabue.

Conserva los elementos compositivos simétricos y la iconografía de los modelos bizantinos, pero busca a la vez una tercera dimensión, que obtienen con la perspectiva que da al trono. También intenta romper con el hieratismo dando un carácter más humano a las figuras, que se manifiesta en la expresividad de los rostros.

La importancia que da al trono le permite transportar la imagen divina a un espacio indefinido, no hace falta decir que por encima de las nubes donde resplandece la luz sin sombra del paraíso, e incluso llevarla a través de una doble hilera de ángeles para conferir al trono la radiante grandeza de un palacio celestial. Esta visión sobrenatural está comentada históricamente por los profetas que ha pintado Cimabue en la parte baja del trono. El artista medieval estaba dominado por el principio de sujeción de la pintura a la arquitectura. Al mirar la Madonna de Cimabue podemos discernir la especial importancia que atribuye al trono que constituye el elemento arquitectónico de su pintura y que, efectivamente, asume el papel de envolver a la Madonna. Cimabue imprime por todas partes una especie de movimiento circular, compuesto por la ronda de las aureolas alrededor del trono, del mismo trono que no se apoya sobre ninguna base, sin sobre el espacio que abren los nichos. Esta disposición da la impresión de que la imagen de la Madonna es transportada realmente por ángeles.

La fórmula visual del artista se caracteriza por el contraste de las luces y las sombras. No utiliza los matices del claroscuro, que le permitirían obtener un efecto plástico, sino que prefiere los contrastes de efecto óptico, a los que imprime siempre el mismo ritmo, tanto en el trono, en las alas y en las aureolas, como en los pliegues de los vestidos, que marca con trazos de oro encima del azul y del rojo. Su armonía de colores no tiene en cuenta la luz y la sombra; cada tono irrumpe con una intensidad muy acentuada para que el conjunto adquiera la plenitud de un canto. Se repiten las imágenes, los gestos, las formas, los colores: se trata de un arte coral, sin solo; de aquí su carácter sublime, su calidad, digna de Dios, y su límite, que es la falta de individualidad de las imágenes.

Existe en esta obra un tema doctrinal: los arcos de la zona baja forman como una especie de cripta que alude a los tiempos en que la revelación era aún una verdad encubierta, y el gesto de los ángeles puede interpretarse tanto en el sentido de un apoyarse sobre esta base como en el de un levantar a partir de ella el trono dogmático de la Virgen. También en las formas existe una duplicidad de significados: la misma línea curva, en la base del trono, sirve tanto de arco frontal como de exedra en perspectiva, mientras que la forma del trono con la curva del respaldo determina una tenue profundidad en la que la figura se sitúa como un plano de color. Sin embargo, no se trata de una forma aplanada: la transparencia del color iluminado por el oro la convierte en un volumen transparente del que se intuye la profundidad; un volumen, no obstante, tan inmaterial como para justificar la referencia ideal al arte griego antiguo.

La excepcional potencia de la personalidad de Cimabue radica en la expresión de sublimidad que resume en cierta forma todas las tendencias anteriores. No siente la más mínima indulgencia por la belleza, la elegancia o el refinamiento del hombre; u arte estriba en la grandeza y en sus límites puramente trascendentales.

Se le considera el iniciador del movimiento que, partiendo de la "maniera greca" -el bizantinismo-, tendría que llevar al realismo que culminaría en el Renacimiento. Buena prueba del carácter innovador de su obra la proporciona la mención que de ella hace Dante en la Divina Comedia (Purgatorio, XI, 94-96): "credet Cimabue nella pittura / tener lo campo, e ora ha Giotto il grido / sí che la fama di colui é scura" ("Creía Cimabue ser el primero en la pintura, pero ahora tiene Giotto esta primacía hasta el punto que se ha oscurecido la fama de aquél")

Bibliografía

Alvarez Lopera, José, y Pita Andrade, José Manuel (1991), La Pintura: de la Prehistoria a Goya. Tomo 5 de la Historia del Arte. Barcelona. Carroggio S.A. de Ediciones.
Argan, G.C. (1987), Renacimiento y Barroco. I. De Giotto a Leonardo da Vinci. Madrid. Akal.




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