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Escriba sentado. 2480-2350 ane. Caliza policromada. Ojos incrustados: cuarzo blanco, madera de ébano y cristal de roca. Altura 53 cm. Musée du Louvre, París.
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Durante el Imperio Antiguo, la escultura tiene una importancia de primer orden al servicio de las creencias religiosas y de las prácticas funerarias. Hasta fines de esta época primó la idea que la inmortalidad y la bondad del mundo de ultratumba sólo eran accesibles al faraón por su carácter divino: las clases altas ¾sacerdotes y dignatarios de la administración¾ se confortaban con alcanzar de un modo indirecto esa plenitud de la monarquía; en cuanto al pueblo, estaba totalmente excluido de la vida futura.
La necesidad de satisfacer estas exigencias doctrinarias impulsó al desarrollo de una estatutaria con características muy especiales. El realismo fue la respuesta al problema de reproducir al difunto; era necesario que este doble material del muerto fuera lo suficiente parecido a su modelo, para que el ka lo aceptara como alternativa del cuerpo momificado. El artista reproduce entonces acertadamente las características de la raza en la conformación del cráneo, en la silueta nasal o en la delineación del ojo; pero afirma más rotundamente ese realismo al captar rasgos que personalizan la figura. Por ser la cabeza la parte más significativa del cuerpo y por lo tanto la llamada a marcar las diferencias singulares entre un individuo y otro, obraron como si el cuerpo fuera un simple soporte de aquélla. En el rostro centraron toda la atención y esfuerzo, destacando lo más expresivo: la nariz, el mentón y, especialmente, los ojos, que para mayor efecto eran realzados mediante incrustaciones de piedras, cristal y cobre.
El escriba sentado conservado en el Museo del Louvre nos presenta a un funcionario de la administración sentado en el suelo y dispuesto para realizar su trabajo. El cuerpo reproduce ciertos detalles, como la incipiente obesidad abdominal propia de quienes realizan una actividad prioritariamente sedente, pero han sido tratados sin demasiado esmero: acentuada rigidez, desigual desarrollo de la musculatura entre los miembros superiores y los inferiores, descuido en el modelado del pie, que hace visible tan sólo tres dedos. La clave de esta obra maestra del arte egipcio está en el rostro: la tensión que desde los ojos atentos ¾y que el rictus de la boca acentúa¾ se comunica al resto del cuerpo, mientras el escriba aguarda a que su señor inicie el dictado que registrará en el papiro desenrollado sobre sus piernas.
Aunque los escribas no formaban parte de las altas dignidades palaciegas y administrativas, el funcionario perpetuado en esta estatua había alcanzado una posición de respecto en la burocracia estatal y el favor del faraón, que extendió hasta él el derecho a la vida futura.
Bibliografía
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Manniche, Lise (1997), El arte egipcio. Madrid. Alianza Editorial. Col. Alianza forma, 141. 584 p
Wiesner, Joseph (1983), Arte Egipcio. Madrid. Ediciones Universitarias Nájera. Col. Historia del Arte Universal. 220 p
Wilkinson, Richard H. (1998), Cómo leer el arte egipcio. Barcelona. Grijalbo Mondadori. 232 p.
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