Botticelli: El nacimiento de Venus.
 Botticelli: El nacimiento de Venus. Botticelli: El nacimiento de Venus
Hacia 1485. 172,5 x 278,5 cm. Temple sobre tela.
Galleria degli Uffizi, Florencia.


Fue ejecutado por encargo de Pierfrancesco de Médicis para su hija. Muestra a la diosa desnuda sobre una concha que flota sobre las aguas de un mar verdoso; la costa, recortada y boscosa, cierra la composición por la derecha, lado que ocupa una figura femenina, ataviada con una ligera túnica floreada, que corre solícita a arropar a Venus: se trata de una alegoría de la Tierra o de la Primavera (¿o es quizás una de las Horas o Ninfas?). A la izquierda, enlazados en un abrazo, aparecen las representaciones de Céfiro Cloris, cuyo rápido vuelo arranca rosas, flores sagradas de Venus, creadas al tiempo que la diosa del amor, que con su belleza y fragancia son el símbolo del amor, y con sus espinas nos recuerdan el dolor que éste puede acarrear. Puede ser, pues, el tema de Ovidio, que describe en forma literaria la Hora en el momento de abrigar a Venus con un manto, traducido plásticamente a sensaciones ópticas y táctiles, emotivas alusiones de una excepcional intensidad poética. Céfiro es el viento del oeste e hijo de la Aurora; la ninfa Cloris fue raptada por Céfiro del jardín de las Hespérides, y Céfiro se enamoró de su víctima, que consintió en desposarlo, con lo cual ascendió al rango de diosa y se convirtió en Flora, señora perpetua de las flores.

El análisis de la geometría de esta obra es particularmente interesante porque nos permite comprobar que la posición de Venus se ha desplazado con respecto a la línea central precisamente lo necesario para trasmitir una sensación de movimiento desde un punto de partida central, tal como lo exigen los céfiros, cuyo aliento empuja la concha hacia la playa. Un desplazamiento mayor hacia la ninfa sugeriría una excesiva rapidez para estos soñadores transportes tan característicos de Botticelli y tan adecuados al tema. El efecto expresivo radica en la relación dialéctica que existe entre el dinamismo de las figuras secundarias y la inmovilidad de Venus, navegando majestuosamente hacia tierra. El desnudo femenino protagoniza con pleno derecho esta composición; sus contornos están trazados con un dibujo muy delicado, animándolo con un claroscuro de tan leves gradaciones que la carne adquiere irisaciones nacaradas.

Sin embargo, las figuras de Botticelli parecen menos sólidas que las de Pollaiuolo y no están tan correctamente dibujadas como las de éste o las de Masaccio. Los delicados movimientos y las líneas melódicas de su composición recuerdan la tradición gótica de Ghiberti y Fra Angélico. La Venus, no obstante, es tan bella que no nos damos cuenta del tamaño antinatural de su cuello, de la pronunciada caída de sus hombros y de la extraña manera cómo cae el brazo izquierdo. O, mejor, diríamos que estas libertades que Botticelli se tomó con la naturaleza, para hacer una silueta graciosa, realzan la belleza y la armonía del dibujo, ya que hacen más intensa la impresión de un ser infinitamente tierno y delicado conducido a nuestras playas como un don del cielo.

Botticelli escogió la postura de la llamada Venus Púdica, en la que la diosa cubre su cuerpo con las manos; más parece mármol puro que carne, e imita la postura de una antigua estatua romana. Los largos y esbeltos juncos de la zona inferior izquierda remedan la pose y el dorado cabellos de la diosa. Un ceñidor de rosas rodea la cintura de la Hora; sobre los hombros luce una elegante guirnalda de mirto, símbolo del amor eterno, y con su airosa túnica blanca, bordada de acianos, representa la primavera, la estación del renacer. Por esto, entre sus pies, florece una anémona azul, que recalca la idea de que ha llegado la primavera. Los colores son discretos y recatados como la propia diosa; los fríos verdes y azules se resaltan por las cálidas zonas rosáceas con toques dorados. Las olas del mar, estilizadas en forma de V, se empequeñecen con la distancia y se transforman al pie de la concha. De los árboles cuelgan frutos blancos con puntas doradas; las hojas tienen espinas doradas y los troncos también se rematan de oro. Todo el naranjal parece imbuido de la divina presencia de Venus.

Es una composición que manifiesta la transformación de las divinidades del Olimpo en elemento de representación simbólica de unos valores creados por Dios. La belleza adquiere así su condición de don divino, de manera que el asunto mitológico se convierte en expresión de la moral platónica.

No es, pues, una exaltación pagana de la belleza femenina; entre sus significados implícitos se encuentra también el de la correspondencia entre el mito del nacimiento de Venus desde el agua del mar y la idea cristiana del nacimiento del alma desde el agua del bautismo. La belleza que el pintor quiere exaltar es, antes que nada, una belleza espiritual y no física; la desnudez de Venus significa simplicidad, pureza, falta de adornos; la naturaleza se expresa en sus elementos (aire, agua, tierra); el mar, encrespado por el viento de Céfiro y Cloris, es una superficie sobre la que las olas parecen esquematizadas mediante trazos absolutamente iguales; e igualmente simbólica es la concha.

En el gran vacío del horizonte marino se desarrollan, con diversa intensidad, tres episodios rítmicos diferentes: los vientos, Venus y la sirvienta. El ritmo parece gobernado por la inspiración profunda, el daimon platónico, el furor que Ficino llama malinconicus, porque está generado por la aspiración a algo que no se tiene o por la nostalgia de algo que se ha perdido.

Una carta de Ficino dirigida al joven Lorenzo di Pierfrancesco, que tenía en 1478 quince años, constituye el punto de vista ideológico del significado humanista de esta representación simbólica (así como también de la Primavera). Ficino desea al joven que bajo la devoción de Venus-Humanitas alcance el equilibrio de todas sus capacidades. La virtud del joven príncipe tiene que realizarse bajo el equilibrio de Venus. En la Primavera, Venus, como Humanitas, aparece en el centro separando los elementos sensibles de los espirituales. En este sentido, Venus surge como un símbolo de la educación humanista en una composición en la que el mito se ofrece como horóscopo e imagen de una filosofía y una ética nuevas. Como complemento argumental El nacimiento de Venus alude al nacimiento de Humanitas engendrada por la Naturaleza, es decir, a manera de unión del espíritu con la materia.

Los mitos de Botticelli celebran una alegoría sobre las divinidades protectoras del joven Lorenzo, lo que convierte esta temática en una alegoría de carácter religioso, didáctico y moral.

Bibliografía

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