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Pequeño Gudea sentado.
2144-2124. Diorita. 45 cm de altura. Musée du Louvre, París
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"Yo soy el pastor: la soberanía me ha sido dada como obsequio", aparece escrito en el "cilindro A" de Gudea. El texto evoca la idea de que los monarcas sumerios debían su poder a la gracia de los dioses. Así, en el mismo sentido, y según la Lista Real, la realeza bajó del cielo, dando lugar en Eridu a la primera dinastía sumeria; tras el Diluvio, la benignidad de las divinidades volvió a descender sobre la tierra, esta vez en la ciudad de Kish.
Pero si la elección divina era un elemento básico para la justificación del poder real, éste se apoyaba también en la capacidad guerrera del monarca. Los títulos que figuran en los primeros documentos escritos recogen ambas facetas; nos hablan del "en", el "sacerdote-rey", "el líder en tiempos de paz", y del "lugal", el "líder guerrero". La paz y la guerra eran, pues dos aspectos clave en la vida de los primeros imperios del Próximo Oriente.
La estatua del príncipe Gudea, soberano de Lagash, es una de la veintena de estatuas que lo representan, de pie o sentado, con la cabeza rapada o con un sombrero recubierto de espirales que probablemente indicasen que era de piel. Las cabezas testimonian por su estilo la existencia de una escuela palaciega, de modo que reproducen ciertos rasgos comunes sin alcanzar nunca la técnica del retrato. Las personas con jerarquía social cubrían su cabeza con un sombrero o turbante de forma circular, calado por delante hasta el nacimiento de los cabellos y por detrás hasta la nuca, pero que dejaba visible las orejas. Este sombrero, trabajado en trama geométrica, sugiere un material rizado, probablemente el vellón de oveja. El rostro ¾en correspondencia frontal con el cuerpo¾ está bien modelado y es imberbe, con perfiles nítidos y superficies pulidas, que traducen la calidad de la técnica, la experiencia del artista y su seguridad en el trabajo. Los ojos, grandes, destacan por el marco de párpados ligeramente abultados y cejas simétricas, que ¾continuando la tradición sumeria¾ se separan en gruesos arcos a partir de la nariz; tanto ésta como el mentón están bien delineados, y es perfecto el modelado de los labios. Todos estos detalles confieren a la estatutaria del período cierto realismo. Los artistas sumerios de la época de Gudea fueron excelentes observadores y supieron plasmar en los materiales sus estudios y análisis, aunque tamizados por los convencionalismos que imponían tanto la piedra como las exigencias religiosas o la etiqueta palaciega.
Estos personajes figuran sentados o de pie; se cubren con largos vestidos que dejan al descubierto ciertas partes del cuerpo: brazo y hombro derechos, manos y pies. El tratamiento adecuado de la superficie en los miembros sugiere la musculatura, pero sin exagerarla. Es cuidadoso el labrado de pies y manos ¾aun cuando se exagera la longitud de los dedos¾ y se insinúan los tendones.
El cuerpo está cubierto por un denso manto, o por un vestido de paños gruesos, que evidencian el cuerpo que les sirve de soporte. Algunas esculturas, pese a su carácter frontal, acusan en la parte posterior la adaptación de las ropas a la curvatura de la columna vertebral. Los paños caen sobre el cuerpo produciendo suaves pliegues más artificiosos que naturales. Reuniendo estas características, la estatua de pie que representa al propio Gudea (Museo del Louvre) es la expresión de un arte severo, sencillo y formal. El ensi recoge sus manos cruzadas sobre el pecho en postura de respetuosa religiosidad, por otra parte en correspondencia con los documentos de la época, que nos revelan a un Gudea que se precia de reconstruir los templos y de ejercer un gobierno de virtud u justicia. La tendencia realista que alentó la escuela palaciega se vio limitada por el peso de tradiciones seculares y convencionalismos religiosos, que a fines del III milenio a.C. se hacían ostensibles en el cuidadoso pulido de la superficie de las ropas y en el soporte semicircular que continúa la túnica y que sólo por delante hace visible los pies.
Las estatuas que representan a los personajes sentados están afectadas por una mayor rigidez y muchas veces el material ha impuesto al artista un aprovechamiento que acentúa la angulosidad, el hieratismo y las soluciones menos realistas. Estas estatuas sedentes contienen extensas inscripciones ¾oraciones, recomendaciones de presentación ante la divinidad, etc. ¾ que obligan a convertir el manto o la túnica en una superficie lisa, libre de inflexiones y pliegues, para albergar el texto que justifica su creación como portador.
Bibliografía
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