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Jan Vermeer: Vista de Delft ca. 1662. 98,5 x 117,5 cm. Oleo sobre lienzo. Mauritshuis, La Haya.
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Se ha escrito (Leymaire) que la visión de Vermeer es ante todo la de un pintor de naturalezas muertas, aludiendo a su universo claro e inmóvil. La Vista de Delft (hacia 1662, La Haya, Mauritshuis), uno de los dos paisajes que nos ha dejado ¾el otro, La callejuela, es una visión próxima y llena de afectividad de los edificios que se contemplaban desde una ventana de su propia casa¾, expresa el mismo clima espiritual e idéntica necesidad de equilibrio y sosiego que sus escenas de interior; pero aquí el aire libre, los cambiantes efectos de la luz tamizada por las nubes y de los reflejos en el agua le permiten hacer más explícita su capacidad para jugar con la perspectiva aérea y para producir la ilusión de profundidad sin tener que recurrir a los artificios de la construcción geométrica. En las casas del primer plano ¾agobiadas por un nubarrón cuyas sombras deshechas se proyectan hacia nosotros al reflejarse en el agua¾ restallan pequeños acentos luminosos que llenan de vibración atmosférica esa zona y bastan para sugerir sus líneas esenciales y vivificar sus superficies. Tras ellas los tejados y una torre aparecen acariciados por la luz solar filtrada a través de un claro. Más allá ¾más arriba¾ el celaje ocupa casi los dos tercios restantes del cuadro.
Graduando la luz desde la parte superior ¾y más próxima¾ hasta la zona que está en contacto con los tejados, Vermeer nos conduce por la pura magia del color hacia la lejanía del horizonte. La Vista de Delft no es, desde luego, el primer paisaje impresionista de la historia ¾como a veces se suele decir¾ y quizá tampoco resulte apropiado hablar de "puntillismo" respecto a la técnica con que están descritas las casas del primer plano, pero desde luego en ella se preludian las bases eminentemente ópticas sobre las que se asentaría el paisajismo de Monet y de sus compañeros de grupo.
La obra de Vermeer constituye un punto final en la pintura de género: aquel en que el misterio, la concentración lírica y la profundidad psicológica anulan de tal manera la anécdota que se acaba por trascender los límites de este tipo de pintura, con la que parece consustancial la primacía de los rasgos descriptivos y narrativos. Por su clave intimista y su sentido del decoro, Vermeer participa de la orientación general de la escuela de Delft y refleja a la vez el clima espiritual de la burguesía holandesa en los lustros que siguieron al tratado de Westfalia (1648).
Se trata de un cuadro de la ciudad natal de Vermeer pintado desde la orilla del agua que rodea la ciudad. El artista ha visto las repeticiones de horizontales en el perfil de los tejados, de las pequeñas diagonales, en los aguilones triangulares, en los arcos de las puertas de la ciudad y en los puentes. La pequeña franja de edificios se refleja en el agua con brumosa calma. Más de media pintura está ocupada por un cielo cubierto de nubes ligeras a través de las cuales el sol se filtra lo suficiente para que distingamos los detalles de la torre y de los tejados que hay detrás del puente. El tema de la pequeña ciudad holandesa y la simplicidad poética de la visión son muy diferentes del enfoque comedido e intelectual de Poussin; sin embargo, el orden que Vermeer impuso sobre su paisaje urbano tiene algo de matemático, tiene algo del orden de Poussin. Las relaciones exactas entre las intensidades de colores y el efecto de la luz, directa o reflejada, sobre las formas coloreadas crea a través de toda la pintura una rigurosa unidad. Todos los elementos están situados en el espacio con una certeza infalible.
Bibliografía
Aillaud, G., Blankert, A, y Montion, J.M. (1986), Vermeer. París. Hazan.
Mainstone, M. Y R. (1989), El siglo XVII. Barcelona. Gustavo Gili, pág. 79
Joahannes Vermeer (1996). Catálogo. National Gallery of art. Washington. The Hague. New Haven. Londres. Yale University Press. Mauritshuis.
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