Juan de Valdés Leal: Jeroglíficos de nuestras postrimerías.
 Juan de Valdés Leal: Jeroglíficos de nuestras postrimerías. Juan de Valdés Leal: Jeroglíficos de nuestras postrimerías
Fin de la gloria del mundo. 1672. Oleo sobre lienzo. 220 x 216
Triunfo de la muerte. 1672. Oleo sobre lienzo. 220 x 216
Hospital de la Caridad. Sevilla.


"Los cuadros de Valdés se inspiran en El discurso de la verdad escrito por el fundador del Hospital don Miguel de Mañara. En dos lienzos, con sendos medios puntos, se evocan Las postrimerías de la vida Uno de ellos nos muestra el triunfo de la muerte con un esqueleto que, teniendo en su mano una guadaña, se alza sobre todas las cosas de este mundo que pueden alentar la vanidad humana: desde una tiara papal, hasta libros con láminas de arquitectura. En el segundo lienzo, que evoca el fin de la gloria del mundo, se contraponen los cadáveres de un obispo y de un caballero de la orden de Calatrava." (Alvarez Lopera, J., ob, cit., pág. 338)

Pocas veces en la historia del ate se han tratado de una manera tan aguda los temas de la muerte y de la tumba. En el Triunfo de la muerte utiliza, con escalofriante fidelidad, la fórmula tradicional del "memento mori". La Muerte está representada en forma de esqueleto, con ataúd, sudario y guadaña, que apaga desdeñosamente la llama de la vida. Las órbitas vacías parecen brillar con satisfacción a medida que los símbolos de la grandeza y del poder van hundiéndose en la oscuridad: en un abrir y cerrar los ojos ("In ictu oculi") todo el trabajo de una vida desaparece, devorado por la oscura muerte. A Fin de la gloria del mundo ("Finis Gloriae Mundi") desarrolla el tema de la muerte a través de una aterradora representación de la existencia en el sepulcro, donde la frágil sustancia humana ha dejado ya de ser humana para convertirse en materia en descomposición. Las glorias del mundo terminan en carroña y podredumbre; los tres ataúdes abiertos ponen de relieve que la acción destructora de vida y fama de la muerte se ejerce de manera imparcial.

La Hermandad de la Caridad fue una fraternidad dedicada a enterrar a los muertos (los pobres que morían de hambre o enfermedad, se quedaban insepultos por las calles). La hermandad experimentó un crecimiento debido al incremento del índice de mortalidad en 1649, cuando una epidemia de peste bubónica asoló la ciudad (murieron entre 50 y 60 mil, es decir, la mitad de la población que tenía Sevilla). Después de la peste, el hambre y las revueltas. En este momento entró en la confraternidad Miguel Mañara Vicentelo de Leca , hijo de una de las familias más ricas de Sevilla y casado con la hija de un Grande de Granada. En 1663 Mañara planteó la fundación de un hospicio para vagabundos y hambrientos; el hospital se terminó el 1674, y su capilla fue decorada con pinturas de Murillo que explican las seis obras de caridad, y con los Jeroglíficos de Valdés Leal.

Mañara fue, pues, el inspirador de los cuadros de Valdés Leal y, en cierta medida, reflejan su obsesión personal por la muerte. En su libro "Discurso de la verdad" nos habla de la fugacidad de la vida, la inevitabilidad de la muerte y, por lo tanto, de la futilidad de las glorias y ambiciones humanas. La fuente de In ictu oculi podría ser su capítulo 18, donde Mañara establece un contraste entre las vidas en pecado y en santidad, mediante una alegoría d dos montañas, una del bien y la otra del mal. Al avisar de cómo se debe subir por la montaña del bien, dice: "Repara la diversidad de Santos que ocupan las faldas de este santo monte, y por subir a su cumbre con más ligereza, cómo se van desnudando de todo lo que les hace estorbo para subir a lo alto. Mira aquel Rey arrojando la corona; al otro poderoso el dinero; el letrado los libros; el soldado las armas; y todo lo que les embaraza el camino es despreciado de su denuedo". La fuente de Finis Gloriae Mundi se corresponde en parte con un párrafo del capítulo cuarto: "Si tuviéramos delante la verdad, ésta es, no hay otra, la mortaja que hemos de llevar, viéndola todos los días, por lo menos con la consideración de que has de ser cubierto de tierra y pisado de todos, con facilidad olvidarías las honras y estados de este siglo; y si consideraras los viles gusanos que han de comer ese cuerpo, y cuán feo y abominable ha de estar en la sepultura, y cómo esos ojos que están leyendo estas letras han de ser comidos de la tierra, y esas manos han de ser comidas y secas (...). Mira una bóveda: entra en ella con la consideración, y ponte a mirar a tus padres o a tu mujer (si la has perdido) o los amigos que conocías: mira qué silencio. No se oye ruido; sólo el roer de las carcomas y gusanos tan solamente se percibe. Y el estruendo de pajes y lacayos ¿dónde están? Acá se queda todo: repara las alhajas del palacio de los muertos, algunas telarañas son. ¿Y la mitra y la corona? También acá la dejaron."

Los Jeroglíficos de Valdés Leal nos presentan el espectáculo de la muerte y suscitan el problema de la salvación. El término "postrimerías" (término teológico que se refiere a la muerte, el juicio, el infierno y el cielo) pone de relieve cuál era su tema. Las telas representan la muerte y el juicio, mientras que el cielo o el infierno dependen de la balanza. Con el alma pendiente de la balanza, los actos de caridad se convierten en imprescindibles para garantizar su salvación. La idea de la caridad como antídoto de la muerte y camino de salvación conecta las telas de Murillo y el retablo mayor con los Jeroglíficos, unificando su temática.

En la parte superior de Finis Gloriae Mundi existe un motivo que conecta los Jeroglíficos con las otras obras existentes en la iglesia. Se trata de una mano estigmatizada que aguanta una balanza, alusión simbólica al juicio final. En el platillo de la izquierda están representados los siete pecados capitales mediante animales simbólicos, en el de la derecha los libros de oración y las penitencias (disciplinas, cilicio, cadena). Nos presentan pues los dos aspectos de la muerte, como fin y como principio. La Muerte (In ictu oculi) hace de la existencia terrenal algo fútil y sin sentido, pero al mismo tiempo libera el alma para que sea juzgada según su existencia terrenal (Finis Gloriae Mundi). Pero las oraciones y el arrepentimiento no son suficientes para alcanzar la salvación: implícitamente se nos dice que falta algo para inclinar la balanza del lado de la salvación, y ello está representado por las pinturas de Murillo, las obras de misericordia. Así, el ciclo adquiere un sentido global: la salvación por el ejercicio de obras de caridad.

El esqueleto de In ictu oculi, ligeramente doblado por el peso de su carga, es una pura imagen del mal; lo vemos en semi-penumbra, apagando arrogantemente la llama de la vida, como si desafiara los inútiles llantos de los vivos. Finis Gloriae Mundi nos muestra la atmósfera húmeda y fétida de la tumba; en el primer término, brillantemente iluminado, los insectos devoran una cabeza lívida, hecho con pinceladas cortas y nerviosas que proporcionan una inmediatez repugnante a la carne en descomposición. La cruz de Calatrava, de un rojo brillante, vibra contra el fondo blanco como símbolo de la inutilidad de las glorias terrenales. En el fondo, planean súbitamente las tinieblas; una ráfaga de luz amarillenta ilumina la cabeza de una lechuza; un ataúd y un montón de huesos, representan la fase final de la indignidad de la muerte. Mediante estos recursos, Valdés obtiene una atmósfera estremecedora y siniestra. Al hacer de la muerte algo vivo, el mundo más allá de la sepultura adquiere toda la fuerza y tensión.

Bibliografía

Alvarez Lopera, José, y Pita Andrade, José Manuel (1991), La Pintura: de la Prehistoria a Goya. Tomo 5 de la Historia del Arte. Barcelona. Carroggio S.A. de Ediciones.
Brown, Jonathan (1980), Imágenes e ideas en la pintura española del siglo XVII. Madrid. Alianza ed. Col. AF 14, págs. 179-207




Percepcions | Història de l'art | Autoavaluació