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Ildefonso Cerdá: El Ensanche de Barcelona. 1859. Barcelona.
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La modernización de Barcelona se hizo ineludible cuando la creación de una infraestructura empresarial reapareció con fuerza después de la crisis de 1834. El debate público fue especialmente apasionado durante los bienios 1854-56 y 1858-60. Los temes de la discusión se centraban, sobre todo, en la localización de las industrias y del hábitat obrero, en el control de la dinámica de crecimiento y en la definición de los nuevos focos de centralidad en relación a la accesibilidad.
Tres fueron los proyectos presentados para estructurar la zona y vías de crecimiento. La propuesta de Garriga y Roca que ponía el énfasis en el papel de los enlaces y de los bulevares entre las partes del futuro centro urbano. Garriga diseñaba una ciudad ducal: el centro residencial y terciario crecería desde la ciudad antigua hacia Gracia, mientras que la ciudad industrial lo haría a partir del puerto hacia san Martí, por un lado, y hacia Sants, por el otro. La ciudad antigua era para Garriga el núcleo del futuro lugar central de residencia y de las instituciones directivas de aquella ciudad almacén.
La propuesta de Daniel Molina resituaba la Gran Vía y alejaba la plaza que hace de enlace entre la Rambla y el paseo de Gracia.
La propuesta de Ildefonso Cerdá que, en el anteproyecto de 1855, entendía el Ensanche como un conjunto interclasista. No decía nada de la industria, pero consideraba la cuestión de la vivienda obrera como una de las grandes necesidades de la época. Este anteproyecto consistía en la definición, meticulosa y sistemática, de cómo tenían que ser las manzanas, las calles y las casas de la ciudad higienista del futuro y se limitó a considerar como único posible foco de centralidad el puerto. Situaba la dirección de la futura Gran Vía de las Cortes Catalanas en la intersección entre el paseo de Gracia y la prolongación de la Rambla y paralela al mar en la dirección suroeste-noreste, lo que le permitió situarla tangente a Montjuïc y orientar la malla de calles definida previamente. Diseña el Paralelo desde la Cruz Cubierta hasta la Atarazanas y como continuación de la carretera de Sants, y la Meridiana perpendicular al Paralelo.
Con el gobierno de la Unión Liberal, el expediente del ensanche barcelonés pasó del ministerio de la Guerra al de Fomento, y la real orden del 9 de diciembre de 1858 limitaba la zona militar a la montaña de Montjuïc y a la Ciudadela, consagrando de esta manera el crecimiento hacia Gracia como el único posible.
En el proyecto definitivo de 1859, Cerdá presentó las siguientes novedades: la aparición de la Diagonal, los ejes de reforma, el canal para desviar las aguas de montaña, la gran estación central de ferrocarriles, la forma biselada de las esquinas, la disposición de la edificación de la manzana, la distribución regular de las manzanas destinadas a equipamientos locales, la anchura superior de la calle Urgel, el paseo de san Juan y las rondas, la localización poco sistemática de algunos equipamientos y parques.
La aparición de los trenes planteaba nuevos problemas a las ciudades: situarlos en las afueras de la ciudad y enlazar las distintas estaciones terminales con un tren de circunvalación, el servicio ferroviario del puerto, la localización de los trenes con relación a las calles y casas... Cerdá abogaba por hacer pasar los trenes a nivel; por ello las grandes avenidas tenían que tener una anchura superior (50 metros).
Con la Diagonal solucionó el enlace entre los diferentes pueblos comarcales y respondió a las criticas de excesiva rigidez de la malla rectangular de los teóricos franceses. Pero planteó un problema nuevo al reforzar el papel de centralidad de la plaza de las Glorias, creando un nuevo foco en el esquema urbanístico.
Esbozó por primera vez lo que se convertiría en el elementos definitivo de su teoría: los medios de locomoción como motor de la transformación urbana; e inauguró la ingeniería del tránsito al estudiar los efectos que las afluencias y cruces de calles tienen en la continuidad del movimiento.
El Ensanche de Cerdá es un trazado urbanístico dispuesto en cuadrícula casi regular al estilo de las urbanizaciones de la ilustración. Su gran virtud era la de combinar en cada manzana de casas bloques de viviendas con zonas verdes, y adoptar disposiciones distintas con dichos bloques, dentro de unos módulos prefijados, que convertían la monotonía viaria de la cuadrícula en un juego de volúmenes variado y atractivo. La especulación del suelo convirtió los espacios verdes de las manzanas de casas en espacios edificables.
Lo que es imputable a Ildefonso Cerdá es el menosprecio que le merece la ciudad antigua. Cerdá concibe el Ensanche no como una evolución natural del casco antiguo, sino como una gran ampliación artificial de la ciudad antigua que en el plano de conjunto da la impresión de que no es el núcleo generador, sino una especie de enquistamiento adherido por abajo a la inmensa parte nueva.
Bibliografía
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DD.AA. (1974), "La posible Barcelona de Cerdá" en Cuadernos de Arquitectura y Urbanismo. Barcelona. Núms. 100 y 101 (monográficos)
Sobrequés, J (dir) (1995), Història de Barcelona. La ciutat industrial (1833-1897). Barcelona. Ajuntament de Barcelona y Enciclopedia Catalana. Ver Segarra, F: Política urbanística i creixement urbà, págs. 219-258
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