... en el dominio del arte, ciertas formas
artísticas importantes sólo son posibles a un
nivel muy bajo de su desarrollo.
Karl Marx, Crítica de la Economía Política
Puede que el uso que voy a hacer del término
"primitivo" sea más amplio de lo que en un
principio pensé. Aplico la palabra «primitivo» a
un estadio de desarrollo más que a un lugar o
época determinados, o a un tipo particular de
Humanidad; en este sentido, incluiré no sólo el
arte de las razas primitivas existentes
actualmente en diversas partes del globo, sino
también el arte de la Humanidad en general cuando
se encontraba en un estadio primitivo de
desarrollo, en las épocas prehistóricas.
Encontraremos también analogías muy idóneas en el
arte de una raza primitiva mucho más próxima a
nosotros; me refiero al arte de nuestros hijos,
que en los primeros años de la infancia parecen
recapitular el desarrollo del arte en la infancia
de la Humanidad.
Un examen general de todos estos tipos de arte
primitivo revelaría muchas afinidades y
diferencias, y lo sorprendente en tal examen es el
hecho de que tales afinidades y diferencias tienen
muy poco o casi nada que ver con un período o
lugar determinados. Se encuentran las mismas
características en amplios intervalos de tiempo
sin ningún vinculo parente; vuelven a aparecer no
sólo en diferentes períodos, sino también en
lugares distantes unos de otros.
Pero antes de estudiar 15 importancia de estos
hechos, tenemos que examinar primero una clase de
crítica que, si bien es válida, no nos permitiría
sacar ninguna conclusión acerca del arte
primitivo.
El significado de las pinturas rupestres
Se ha declarado (por ejemplo, Camille Schuwer)
que no tenemos ningún derecho a establecer una
distinción entre las actividades utilitarias y las
artísticas del hombre primitivo: todo lo que hace,
lo hace por una razón específica, sin que tenga
nada que ver con lo que nosotros llamamos
cualidades estéticas. Incluso en el caso de que no
veamos la finalidad de un objeto, y supongamos
inocentemente que fue hecho porque sí, para gozar
de la belleza de su forma y color, ello es debido
a nuestra ignorancia; un conocimiento más amplio
nos permitiría descubrir, en cualquier obra del
hombre primitivo, algún fin exclusivamente
utilitario, social, mágico o religioso. Sin
embargo, el problema es más sutil. Nadie niega que
la presencia de cualidades artísticas en un objeto
hecho para un fin exclusivamente práctico
presupone la existencia de las facultades
artísticas; el problema consiste en saber si
reconocer unas cualidades artísticas en un objeto
es una idea «de la mente primitiva»
independientemente del hecho de que se reconozca
su fin utilitario. Para nosotros es relativamente
fácil separar los dos valores de utilidad y de
belleza; no obstante, en nuestro medio, ambiente
aún es posible encontrar mentes primitivas cuyo
único comentario ante una obra de arte es: «¿Para
qué sirve?»
El descubrimiento de lo que consideramos una
facultad artística altamente desarrollada en el
hombre primitivo ha creado un gran desconcierto
entre los antropólogos y sociólogos en general. En
efecto, cuando se descubrieron las primeras
pinturas rupestres del período Paleolítico en
España el año 1880, se puso en duda inmediatamente
su autenticidad, pero el mundo científico
desmintió de modo efectivo que fuesen
falsificaciones. Sin embargo, hasta que no se
descubrieron otras pinturas rupestres de un tipo
similar en Francia, en los años 1895 y 1897, en
unas condiciones que no dejaban lugar a dudas
acerca de su autenticidad, no se reconsideraron y
aceptaron los primeros descubrimientos. Desde
entonces, el significado de estas primitivas
pinturas rupestres ha sufrido diversas
interpretaciones. La idea generalmente aceptada es
que las pinturas, casi siempre de animales, tienen
un sentido mágico. Se supone que el hombre
primitivo creía que por medio de la representación
de un animal adquiría poder sobre él y así
conseguiría cazarlo para alimentarse. El arte
primitivo, pues, era esencialmente práctico. Pero
aunque esta teoría puede sostenerse con ejemplos
de las prácticas de los pueblos primitivos
existentes actualmente, aparecen ciertas
dificultades en el momento de aceptarla sin
restricciones, como ha señalado el profesor Lévy-Bruhl.
Los pueblos primitivos que podemos admitir como
tales y que se encuentran más cerca del hombre
paleolítico - los nativos de Tasmania y Australia
- también están en relación con la pintura
rupestre, y se ha comprobado sin lugar a dudas que
estas pinturas juegan un papel importante en los
ritos de la fertilidad. Las pinturas son retocadas
al comienzo de la estación de las lluvias para
asegurar la reproducción fértil de los animales,
de las plantas e incluso de los seres humanos,
Pero desde nuestro punto de vista, que parte de la
apreciación estética, hay una gran diferencia
entre las sumarias e incluso crudas pinturas de
los nativos de Australia y Melanesia, y las
acabadas y animadas representaciones de la Alta
Edad de Piedra. Podríamos decir que las primeras
son bastante adecuadas como símbolos rituales, en
tanto que las últimas serían mucho más que
adecuadas. Como ha señalado el profesor Lévy-Bruhl,
es verdad que no podemos suponer que el hombre
prehistórico tuviese respecto a los animales la
misma actitud mental que tenemos nosotros; a
juzgar por las reacciones de los pueblos
primitivos de la actualidad, ni el vigor físico ni
ninguno de los atributos visibles de un animal les
impresiona tanto como sus poderes invisibles y
misteriosos. Pero de nuevo tenemos que
preguntarnos, ¿por qué, pues, el hombre primitivo
de la Edad de Piedra representó el aspecto externo
de los animales con tal vivacidad y realismo?
Desde nuestro punto de vista, en efecto, no
importa demasiado saber exactamente cuál fue la
«razón» de que el hombre primitivo pintara estas
figuras de animales; lo que debemos determinar es
si la actitud mental en cuestión afecta a la
calidad estética de las pinturas, o sea,
planteando este problema de un modo directo -
injustificado en el estadio actual de nuestro
análisis -, si el arte que expresa mediante
símbolos unas construcciones intelectuales, es
cualitativamente mejor o peor que el que
representa de modo directo los objetos vivos o las
formas naturales. Tenemos que dejar sentado, desde
luego, que estas dos clases de arte no pueden
compararse; pero evitaremos gran parte de la
confusión predominante si determinamos que una
actitud mental implica una clase de arte, y que
otra actitud mental lleva necesariamente consigo
otro tipo de arte.
Debo hacer otra advertencia: he dicho que las
pinturas rupestres del Paleolítico son
representaciones de objetos vivos o de formas
naturales; pero hay que tener en cuenta que nos
referimos a algo más que a un realismo
fotográfico. Las pinturas son, en efecto,
estilizaciones sumamente seleccionadas del objeto,
o sea, tan vitales que no podemos dudar que el
hombre que las pintó, por el modo como lo hizo,
experimentó un placer desinteresado. Se ha
intentado explicar esta perfección diciendo que se
debía completamente al «deseo» del hombre de las
cavernas de hacer mágicamente efectivas sus
representaciones - «par le désir d'obtenir
l'efficacité~, como lo expresa C. Schuwer.
Pero cuando este crítico emplea la palabra
«deseo», creo que ha renunciado a este problema.
El hombre primitivo tiene el «deseo» de pintar de
un modo eficaz. Desea hacer una pintura más
efectiva que otra, o sea, establece una distinción
entre una pintura y otra, pero probablemente no a
causa de los resultados que ha obtenido de la
misma. Resulta casi fantástico imaginar que los
géneros estilísticos de las pinturas de Altamira
fuesen el resultado de un proceso de ensayos y
errores. La indicación de Burkitt de que «debieron
haber existido determinadas escuelas donde se
enseñaba la técnica del dibujo y la pintura», es
una hipótesis más probable. Pero la única
indicación que quiero hacer por ahora es que las
pinturas rupestres revelan una escala de valores,
y tales valores no son los de verosimilitud, sino
los de vitalidad, vivacidad y fuerza emotiva, que
son precisamente cualidades estéticas.
Admitiendo la naturaleza estética del arte
paleolítico, su interpretación, como ya he
indicado, continúa siendo un problema enojoso. En
un extremo se encuentran los antropólogos que se
muestran reacios a conceder al hombre de la Alta
Edad de Piedra un grado de desarrollo intelectual
tal como exigiría un sistema de magia, y que, por
tanto, consideran las pinturas rupestres como
absolutamente desprovistas de objeto, como el
producto del ocio forzoso de unos cazadores; que
explican la vivacidad y el valor estético de todos
los dibujos como resultado de las intensas
imágenes que deben haber obsesionado las mentes de
los hombres primitivos, sobre todo porque sus
vidas dependían de las presas animales que
cazaban. En el otro extremo se hallan los
antropólogos que ven un significado mágico en cada
trazo que pueden descubrir en las sombrías bóvedas
de una cueva. He adoptado una posición intermedia:
el significado mágico de algunas pinturas es
indiscutible, pero no hay ninguna razón para
suponer que toda pintura tenga esta clase de
significado. El hombre primitivo era ya humano, y
seguramente debió haber gozado de la actividad
creadora con que estaba dotado, y continuó
practicándola por su propia cuenta. Dicho de otra
manera, el arte existía independientemente de la
magia; sus orígenes fueron distintos y sólo en el
transcurso del tiempo se juntó con prácticas de
este tipo. A esta conclusión nos llevan, sin duda,
innumerables ejemplos.
Los orígenes del arte
Resulta difícil encontrar una palabra que
exprese de modo satisfactorio el primer tipo de
arte primitivo. Se trata de un arte de los
sentidos, un arte que se deleita en lo vivo,
concentrándose en la vitalidad esencial o en los
elementos característicos de los animales. Es un
arte orgánico; vitalista, sensual. Su contrario es
el arte abstracto, el cual no se complace en la
naturaleza orgánica de las cosas, sino que tiende
a deformarlas en favor de algún motivo ulterior,
que puede ser religioso, simbolista o intelectual,
o tal vez simplemente inconsciente. Ambos tipos de
arte tienen en común la cualidad que llamamos
forma, porque sólo por ésta podemos distinguir
el arte de otros métodos de expresión.
El arte de la Edad de Piedra debe haber pasado,
naturalmente, por un proceso de desarrollo cuyo
punto más alto está representado por las pinturas
rupestres de Altamira; pero cualquier
reconstrucción del proceso que conduce a este
producto acabado resulta arriesgada. Debemos tener
presente que estamos tratando de un período
acaecido hace 10.000 ó 20.000 años. Todo el arte
registrado sobre materiales más efímeros, como por
ejemplo la madera o la arcilla, ha desaparecido.
Las pinturas de las cavernas y los grabados sólo
sobreviven a causa de la excepcional protección
que han recibido contra los estragos del tiempo.
No obstante, con la ayuda de nuestras
observaciones acerca del desarrollo de las
facultades artísticas de los niños, es posible una
cierta reconstrucción de tal desarrollo en las
épocas primitivas. Si, cuando tiene cerca de un
año, damos a un niño un lápiz y un papel tan
pronto como sea capaz de sostenerlos, y observamos
el uso inculto que hace de ellos, veremos que en
un principio sólo hace trazos y rasgos. Luego
presta atención al movimiento registrado por el
lápiz sobre el papel. La fase siguiente se
caracteriza por dibujar garabatos rítmicos de
líneas y círculos, que paulatinamente se vuelven
más complicados y relacionados unos con otros,
hasta que el «dibujo» del niño es una confusión de
líneas. En esta confusión, el niño reconocerá
súbitamente formas fortuitas: aquí y allí un
círculo y una línea o dos tienen, para él, un
parecido inequívoco con su madre. Otras líneas que
se cruzan forman un tejado, y sólo con añadir una
o dos más tendremos una casa. Una vez ha creado
«por azar» la figura de un objeto, el niño tiene
ganas o siente el deseo de repetir su triunfo, de
hacer deliberadamente lo que antes ha hecho por
azar.
¿Podemos trazar un desarrollo semejante en el
arte del hombre primitivo? Creo que sí. En Gargas,
en los Pirineos, se encuentran ciertas señales
estriadas hechas por los dedos de un hombre de las
cavernas sobre la superficie arcillosa de su
cueva, señales que primero puede haber hecho
involuntariamente, como si se hubiese arrastrado.
Las pinturas deliberadas de animales hechas
siguiendo el mismo método, con el dedo sobre la
superficie de la arcilla húmeda, pueden verse en
la misma cueva, y también en otra cueva de La
Clotilde de Santa Isabel, cerca de Santander, así
como en Altamira.
Es bastante evidente, en alguno de estos
ejemplos, que las formas representativas surgen
como por azar de la masa de trazos. Con la ayuda
de las imágenes vivas, que constituyen el recuerdo
que tiene de tales cosas, el hombre de las
cavernas es capaz de mejorar sus garabatos hasta
desarrollar una exacta representación gráfica;
exacta en el sentido que se corresponde más con la
impresión mental que ha recibido del objeto que
con su observación visual. La mente, es decir, el
ojo inconsciente, es a menudo un observador más
efectivo que el ojo consciente.
Existe otra característica de las pinturas
rupestres de la Alta Edad de Piedra relacionada
con el problema del azar en el origen del arte.
Muchos de los animales fueron dibujados alrededor
de salientes o prominencias naturales de las
rocas, que dan un relieve plástico a las pinturas
una vez terminadas. Parece como si al principio la
formación o la marca de la superficie de la roca
le hubiese sugerido al hombre de las cavernas el
animal y que luego desarrollase esta idea hasta
llegar a una aproximación cercana a la imagen
mental que tenía del mismo. El papel que ha jugado
la inspiración en el origen del arte se confirma
también por los pocos vestigios de esculturas
circulares que se han hallado.
De modo inevitable se presentan las etapas
ulteriores en el camino que lleva a completar el
realismo. Una vez se ha descubierto que los trazos
pueden haber sido hechos para simbolizar objetos,
y que el sentido de la realidad puede haber
aumentado al aprovechar un terreno favorable para
trabajar, el artista (tanto el cavernícola como el
niño) intenta en seguida representar la solidez o
la redondez mediante una mayor elaboración de sus
trazos. Descubre, por ejemplo, que las líneas
trazadas hacia el centro a partir del contorno del
objeto sugieren inmediatamente una redondez.
Luego, de los trazos pasa a los planos de color, y
cuando, por fin, descubre que la yuxtaposición de
dos o más colores, y el sombrearlos, puede hacer
resaltar su efecto; tiene a su alcance todos los
medios utilizados por el hombre civilizado.
Si aceptamos esta explicación del desarrollo
del arte en su infancia, creo que hay un hecho que
nos sorprenderá de modo especial. Sería natural
que el hombre primitivo, como el niño, intentase
en primer lugar representar un objeto tal como lo
ve en toda su naturalidad o verosimilitud. Puesto
que distinguimos tono y color, luz y sombra, la
representación más directa u obvia de las cosas
reproduciría estas cualidades. Resulta extraño,
pues, observar que tanto el niño como el
cavernícola empiezan haciendo abstracción de la
realidad y realizando un esbozo gráfico del
objeto. Lo que hacen, en efecto, es una
representación y no una reproducción.
El arte como facultad individual
Todas estas características del arte
paleolítico nos inducen a probar que, a pesar de
todo lo comunitario o práctico que puede haber
sido el uso que el hombre primitivo hizo del arte,
el arte mismo, no obstante, fue el ejercicio de
una facultad individual. Sin llegar al extremo de
sugerir, como Burkitt, la existencia de escuelas
específicas en las cuales los primitivos artistas
adquirían el dominio de la técnica de la pintura,
debemos descartar la idea de que las pinturas
fuesen los productos casuales de la ociosidad de
una tribu de cazadores o, incluso, los
subproductos prácticos de los cultos de magia. Sin
duda, las pinturas estaban en relación con tales
actividades, pero la condición sine qua non de su
producción reside en la existencia de individuos
poco comunes dotados de una excepcional
sensibilidad y aptitud para la expresión.
Puede afirmarse que las pruebas aportadas por
la moderna antropología llevan a la misma
conclusión. Por ejemplo, el doctor Seligmann
relata que «en toda la Nueva Guinea Melanésica,
la tendencia artística alcanza su más elevada
expresión en los grabados sobre madera; y que en
cada comunidad hay por lo menos un experto en esta
materia; tales artistas se dedican a este arte por
herencia, porque sus padres o tíos maternos les
han iniciado a esta profesión, y ellos, a su vez,
se la enseñan a sus hijos o a los hijos de su
hermana. Gozan de una consideración especial, y
los hombres que los emplean, les proporcionan los
alimentos; no hay duda de que su trabajo es
apreciado por los demás miembros de la comunidad,
muchos de los cuales tallan también la madera,
aunque su trabajo suele ser inferior al de los
expertos».
Margared Mead dice que entre los mundugumor de
Nueva Guinea «quienes hacen las cestas son las
mujeres que nacieron con el cordón umbilical
enrollado alrededor de la garganta. A los hombres
que nacieron así se les destina a artistas, para
continuar la tradición sumamente difícil del arte
mundugumor: los grabados en alto relieve sobre los
grandes escudos de madera, los bajorrelieves que
representan animales estilizados sobre los grandes
triángulos de corteza de árboles levantados en las
fiestas de la batata. Sólo ellos pueden esculpir
figuras de madera que se colocan en el extremo de
las flautas sagradas, y que son encarnaciones en
forma de cocodrilo de los espíritus del río. Los
hombres y las mujeres nacidos para las artes y la
artesanía no necesitan practicarlas a menos que lo
deseen, pero todo aquel que carece de la señal de
su vocación, no puede esperar otra cosa más que
convertirse en el aprendiz más desmañado». La
asociación de un accidente arbitrario (nacer con
el cordón umbilical alrededor del cuello) con una
facultad especializada, a pesar de lo poco
científico que pueda ser, es, sin embargo, un
reconocimiento de la existencia de diferencias
individuales en las facultades artísticas. El
indígena reconoce este hecho natural y desea darle
el significado debido según su organización social
o contexto cultural; importa poco, desde nuestro
punto de vista, si adopta un método totalmente
irracional para asegurar este fin.
Magia primitiva
Sabemos muy poco - nada - de los ritos reales
que el hombre paleolítico practicaba, para poder
establecer una regla general de la relación entre
el arte y la magia en aquella remota edad. Este
problema puede ser tratado de modo más apropiado
en un estadio posterior en relación con los
pueblos que todavía practican la magia. Sólo
podemos suponer que en la Edad de Piedra, al igual
que en las comunidades primitivas existentes en la
actualidad, se trataba de una práctica que tenía
muy poco en común con lo que normalmente
entendemos por religión. Es de suponer que era
oscura, secreta y cruel, que era un intento,
inspirado por el instinto agresivo del hombre que
nacía, de imponer su voluntad por encima del resto
de la misteriosa creación de la cual formaba
parte, aunque sin poseer ninguna explicación
racional acerca de la misma. Podemos suponer que
el hombre primitivo era esencialmente un producto
de sus emociones; vivía, por así decirlo, en un
continuo estado emocional, y no distinguía muy
claramente entre imagen y realidad. De hecho, la
imagen, en su indestructibilidad, podía
perfectamente ser mucho más terrorífica que las
cosas de carne y hueso. «¿Cómo es eso? - dijo el
jesuita del siglo XVIII, padre Dobrizhoffer, a los
abipones de Sudamérica -. Cada día cazáis tigres
en la planicie sin miedo, ¿por qué teméis una vez
a la semana que un falso tigre imaginario penetre
en el poblado?» «Vosotros los curas no entendéis
estas cosas - replicaron sonriendo -. Nosotros no
tememos a los tigres en la planicie, y los
matamos, porque podemos verlos. Los tigres
artificiales nos dan miedo, porque ni los podemos
ver ni los podemos matar» Podemos estar seguros de
que el cavernícola razonaba de una manera muy
semejante.
El arte en la Baja Edad de Piedra
Vamos a pasar ahora al arte de la Baja Edad de
Piedra, o sea, el del período Comprendido,
aproximadamente, entre los años 10.000 a.n.e. y
los orígenes de los tiempos históricos; es
difícil, no obstante, dar una fecha precisa porque
el arte que llamamos neolítico persistió durante
épocas muy diferentes en diversas partes de
Europa; en el Norte, por ejemplo, encontramos
vestigios del mismo en el arte celta y escandinavo
de los siglos octavo al décimo de nuestra era. El
arte neolítico es casi del todo diferente del arte
de la precedente Alta Edad de Piedra. Desaparecen
las vivas representaciones de las formas de los
animales y todo lo que sugiera una vida orgánica.
Aparecen, en cambio, varios tipos de adornos
geométricos, aplicados sobre todo a la alfarería y
enseres domésticos, y a unos pocos utensilios más.
Se ha dicho que este cambio aparentemente
cataclísmico de la naturaleza del arte no es más
que un efecto del azar, que el tipo orgánico de
arte característico de la Alta Edad de Piedra
debió persistir durante toda la Baja Edad de
Piedra, pero que tal arte no sobrevivió a los
estragos del tiempo. Los hombres dejaron de
utilizar las cuevas para los mismos fines de los
que había surgido el arte de la Alta Edad de
Piedra, pero, no obstante, el mismo arte continuó
practicándose en lugares más expuestos a las
inclemencias atmosféricas, en materiales más
deleznables. Pero hay ciertos obstáculos que se
oponen a que esta teoría sea aceptada, Parece
improbable que no hubiese sobrevivido ningún
rastro de arte naturalista del período Neolítico.
¡Seguramente en algún rincón guarecido, en algún
clima favorable, se hubiesen hallado algunos
fragmentos representativos de tal arte! Pero
tampoco es necesario que nos basemos
exclusivamente en un argumento negativo. Más bien
tenemos que considerar el arte de la cerámica como
la fuente principal de los conocimientos que
poseemos sobre la Baja Edad de Piedra. La cerámica
se elabora con un material muy plástico y da lugar
por sí misma, como podemos ver en la cerámica de
otras épocas, a un estilo naturalista de
decoración; sin embargo, en toda la cerámica del
período Neolítico no encontramos ningún rastro de
tal naturalismo y es increíble que la cerámica de
este período no hubiese reflejado de alguna manera
el arte naturalista de entonces. Así pues, podemos
llegar a la conclusión de que semejante arte
naturalista fue prácticamente inexistente durante
largos períodos de tiempo.
A menos que podamos demostrar que el arte
geométrico que reemplazó al arte naturalista de la
Alta Edad de Piedra implica los mismos elementos
estéticos básicos del arte anterior, nuestra tesis
general se ve amenazada. Desde luego, podríamos
demostrar que los cambios climáticos y una
organización social y económica de la vida
completamente nueva eran factores suficientes para
explicar que la naturaleza del arte fuera
completamente diferente; nada sería más fácil.
Pero desde el punto de vista normal, tenemos que
explicar no tanto un cambio de la naturaleza del
arte cuanto la casi completa atrofia del impulso
artístico del hombre, al menos la desaparición de
la obra de arte individual dentro de una masa
indiferenciada de modelos que se repiten con tanta
monotonía como los productos estandarizados de
nuestra era industrial.
Cualquier colección o selección de cerámica de
este período representa de modo adecuado el arte
de la Baja Edad de Piedra. La decoración de tal
cerámica consiste sobre todo en fajas de dibujos
lineales de diversas clases - círculos, trazos,
ángulos y puntos. Encontramos una variedad
inagotable de tales modelos, pero en su conjunto
se repiten hasta la saciedad. Aunque se pudiesen
clasificar de alguna manera, todos podrían
incluirse bajo el calificativo de geométricos, y
sólo es su carácter general lo que ahora nos
concierne.
El arte geométrico
Un escritor alemán del siglo pasado, el
arquitecto Gottfried Semper, desarrolló una teoría
del origen del arte basada en este estilo
geométrico: el hombre hizo primero utensilios -
herramientas y vasijas. Las vasijas, por ejemplo,
se hacían con pieles cortadas a medida conveniente
y cosidas luego unas con otras, o cestas de junco
y mimbre. Cuando se descubrió el uso de la
arcilla, fue un sustituto que se apoderó de los
modelos y formas de las primeras vasijas de cuero
y mimbre, y al adoptar estas formas el artesano no
fue lo bastante inteligente como para imitar las
costuras y los nudos del modelo original. Éstos
habían tenido una función decorativa en los
objetos primarios, y las nuevas vasijas de arcilla
aparecían desnudas y vacías, sin la superficie
decorada. Una vez liberada de las cadenas de la
necesidad, tal decoración se fue elaborando y
refinando hasta el momento en que el hombre fue
capaz de decorar su obra, no solamente con modelos
ornamentales, sino también con diseños que
representaban figuras naturales. Es una teoría
plausible, pero bastante inadecuada, porque ignora
el hecho de que el arte geométrico ya existía
anteriormente a algunos de los procesos que se
supone han imitado, y por el hecho casi decisivo
de que los primeros tipos de arte que conocemos no
son geométricos sino orgánicos. Hemos de buscar,
por tanto, otra explicación.
No es ningún error ver una relación entre el
arte geométrico y la técnica; lo es, en cambio, si
se pretende explicar el origen del arte en general
por medio de tal relación. El desarrollo de los
dos tipos de arte, el orgánico y el geométrico,
representa lo que podríamos llamar simplemente el
vaivén del péndulo estilístico, o, más
científicamente, una alternación del proceso
dialéctico que constituye la Historia del Arte.
Si examinamos una serie de herramientas de
pedernal, desde el comienzo de la Baja Edad de
Piedra en adelante, encontraremos una gradual
mejora no sólo de la eficacia técnica sino de lo
que podríamos llamar «el remate final». El tallado
de la piedra se vuelve cada vez más fino hasta que
al fin la piedra es lisa y pulimentada. Entre los
tipos más refinados de utensilios de piedra,
algunos de los cuales pueden haber estado
destinados a ceremonias religiosas más que al uso
práctico, encontraremos algunos deliberadamente
decorados siguiendo un modelo único, y no hay duda
de que tal modelo ha sido sugerido por las muescas
que se hicieron al pulir la piedra.
De igual modo, los modelos geométricos de la
cerámica neolítica debieron surgir de una manera
natural durante el proceso del moldeado. Las
primeras vasijas no fueron moldeadas en el torno
sino a mano. Algunas, sin duda, no fueron
redondeadas directamente, sino que al principio se
formaron las piezas de cerámica mayores enrollando
una tira de arcilla alrededor de un montón de
arena o una matriz de donde era retirada
posteriormente. En el proceso de enrollar y alisar
la arcilla puede que al principio se hayan hecho,
de una manera involuntaria, algunas señales de
carácter geométrico, y, a partir de ellas, el
alfarero puede haber desarrollado una decoración
geométrica de un carácter más consciente. Pero
nada de esto habría ocurrido sin una voluntad
orientada a conseguir este objetivo. No nos
interesa conocer cómo nació un estilo geométrico,
sino el porqué. Se puede sostener que no es tanto
una cuestión de voluntad como de falta de
voluntad, y en ciertos casos puede demostrarse que
el modelo geométrico se derivó de una
representación naturalista, aunque tales casos
pertenecen a las fases de decadencia de los
períodos naturalistas. El artista se vuelve tan
diestro en su trabajo que tiende a repetir sus
diseños sin prestarles mucha atención. Otros
artistas copian y posteriormente descomponen sus
diseños, de tal manera que puede llegarse a un
nivel en que el artesano va repitiendo un motivo
cuyo significado desconoce. En algunos casos es
posible trazar el curso completo de la evolución
de un diseño abstracto desde su prototipo
naturalista. Esto es particularmente cierto si
observamos el arte geométrico de los Mares del
Sur. El doctor Seligmann, en la obra citada
anteriormente, señala: "para determinar si la
representación gráfica de objetos naturales o la
producción de formas agradables fue la intención
original del artista, hay que examinar una serie
de los productos de cada grupo étnico... A pesar
de la cantidad de convencionalismos que han
aparecido, no se requiere mucho esfuerzo para
probar que el arte de los massim fue en sus
orígenes naturalista. Esto ya no es tan cierto
entre los motu y las tribus de la División Central
emparentadas con ellos, que tienen a los massim
por vecinos orientales y a las tribus Elema
(papúes) del Golfo Papú al oeste. Estos dos
pueblos poseen los dos estilos más ricos y más
característicos del arte decorativo de la Nueva
Guinea Británica... Se ha afirmado que el arte
decorativo de los motu y tribus afines es
"geométrico" y salta a la vista de un modo
especial el carácter angular de las figuras de sus
tatuajes, hechos siempre por las mujeres. No
obstante, no hay duda de que ciertos diseños
geométricos se originaron como representaciones
naturalistas, y me inclino a creer que el conjunto
del arte de los motu y tribus de la División
Central emparentadas con ellos se ha desarrollado
a partir de un origen naturalista.» Pero a causa
de la naturaleza de este origen, tales modelos
geométricos sólo pueden coexistir con diseños
naturalistas y aunque su intención estética es la
misma que la de cualquier otro tipo de decoración
geométrica, no hacen más que confundir la presente
conclusión, según la cual existe un anhelo
universal hacia la abstracción, incluyendo toda la
conciencia estética de una época.
Simbolismo
Incluso en esta misma época, podemos distinguir
dos clases de arte geométrico. Al decorar la
cerámica con dibujos geométricos, el hombre
neolítico sólo obedecía al deseo de llenar un
espacio. El «horror» vacui es una de las
características permanentes de la psicología del
hombre. Cuando hacemos algo, sentimos un deseo
innato de romper la superficie vacía del objeto
con alguna clase de decoración. El tipo natural de
decoración aparece en el proceso de la
manufactura: algún desarrollo, por ejemplo, de las
señales dejadas por el tallado de la piedra, por
la azuela sobre la madera, por los telares sobre
los tejidos. El primer tipo de arte geométrico
nace, pues, de las pesquisas técnicas y está
desprovisto de cualquier propósito de expresar
ideas. Pero el arte, tal como se concibe
normalmente, es precisamente la expresión de
ideas, en forma y en fábula, en ritmo y en color.
Lo que ahora deseo señalar es el hecho de que
incluso este segundo tipo de arte, el arte que
expresa ideas, puede tomar un aspecto geométrico.
Esto aparecerá claramente si analizamos el arte de
los pueblos salvajes, que será el tema del
siguiente capítulo. En ellos encontramos un tipo
de arte geométrico absolutamente diferente del
tipo que resulta de un proceso técnico. En este
último, la voluntad y el acabado se encuentran en
el proceso de la composición; en él no se halla
ninguna influencia extraña. Pero en el otro tipo,
se adaptan los motivos a una intención simbólica,
y a la vez que sirven de decoración, también
sirven para sugerir, pero no para representar,
cosas específicas o sus propiedades. La imagen
representativa está desprovista de su vivacidad,
aunque no de su vitalidad. Tales obras de arte
tienen la característica de no ser creaciones
desinteresadas, como la decoración de la cerámica
neolítica, sino objetos destinados a fines
rituales o del culto. O sea que (y esta es una
diferencia importante) el salvaje no crea una obra
de arte partiendo directamente de la memoria
visual, o basándose directamente en la
sensibilidad visual, como el pintor de la cueva de
Altamira, sino que representa, por medios
plásticos, una idea. Su culto o religión requiere
un ídolo, una máscara, un tótem: algo que no es
naturalista, sino simbólico. Si su religión es del
tipo de las llamadas, a veces, animistas, es
decir, de las que ven espíritus y personas en los
fenómenos naturales, entonces, por miedo a tales
fuerzas, tenderá a burlarlas ingenuamente a su
modo, creando un substitutivo de la realidad,
evadiéndola así.
Hasta qué punto el arte geométrico de la Baja
Edad de Piedra es, en este sentido, un arte
simbólico abstracto, o una decoración puramente
desinteresada, es un problema fuera de discusión.
En cualquier caso, puede que satisfaga o no
nuestros criterios estéticos, pero, en tanto que
sean satisfechos estos criterios, es evidente que
la intención no se debe a un significado
ideológico que nosotros ignoramos completamente,
ni a un contenido simbólico que no podemos
descubrir, sino simplemente a aquellas cualidades
de ritmo, simetría y vitalidad que son cualidades
específicamente estéticas.
Resumen
Concluyendo: tenemos tres tipos de arte
primitivo, de los cuales dos son geométricos y el
otro orgánico. Los tipos geométricos se
caracterizan uno como arte decorativo
desinteresado que se deriva de los procesos
técnicos, y el otro como un arte deliberado que
unos fines simbólicos determinan. El primer tipo
de arte geométrico no ofrece mucho interés para
nuestra investigación: es un arte producido como
respuesta a una exigencia económica y no se trata
más que de su función en relación con el material
y la habilidad del artista. Pero el arte
geométrico del tipo simbólico producido como
respuesta a las demandas espirituales de una
comunidad es quizá incluso más significativo que
el tipo más común de arte simbólico expresado en
formas figurativas. Para llegar a comprender de
una manera más exacta la posible interacción entre
arte y simbolismo, debemos examinar ciertos tipos
de arte primitivo producidos todavía hoy por las
razas no civilizadas.