Para aproximarnos a ese análisis puede sernos útil el situar la cuestión en un contexto más preciso y distinguir entre negociación explícita y negociación tácita. Cuando se habla de negociar todos tendemos a pensar en dos (o más) personas hablando sobre una cuestión que les tiene más o menos enfrentados y sobre la que pretenden llegar a un acuerdo, cada uno intentando ganar el máximo posible en relación con sus preferencias individuales, con sus aspiraciones y posiciones. Efectivamente, ésa es una típica situación de negociación. La reconocemos inmediatamente y cuando nos encontramos en ella sabemos que estamos negociando. Es una negociación explícita que no esconde su nombre. Hemos dicho: "ahora vamos a negociar" y a continuación nos hemos sentado frente a frente ante una mesa y hemos empezado a hacer eso que precisamente llamamos negociar. No hay duda de que será muy útil en una situación como ésta contar con esas habilidades psicológicas a las que hemos aludido más arriba. La repetición, la experiencia en situaciones de ese tipo, nos enseña, nos entrena, nos hace ver a la larga en qué hemos acertado y en qué hemos errado, constituye un aprendizaje que nos hace mejorar la calidad de nuestra actuación en los casos parecidos que se vayan sucediendo. Sin embargo, todos hemos pasado por situaciones en las que nuestras habilidades verbales y psicológicas, tan dificultosamente adquiridas, no nos han servido para nada. Por alguna razón que no habíamos tomado en cuenta, pero cuyos efectos se hacen notar con fuerza, el escenario nos es desfavorable, nuestro margen de maniobra parece casi inexistente, tenemos la impresión de que si no cedemos enseguida vendrán males mayores que nos dejarán en una posición peor de la que ocupábamos en un principio. Constatamos con claridad que alguien más poderoso explota nuestra inseguridad, nuestra incertidumbre, nuestra prisa, nuestra dependencia, nuestra falta de alternativas, nuestro desánimo, nuestro temor, nuestra angustia. Peor aún, todos conocemos personas permanentemente explotadas, cuya posición de perdedor se da casi por supuesta, y otras que obtienen siempre lo que quieren en el contexto de que se trate, sin ni siquiera necesidad de pedirlo. ¿Qué está ocurriendo? ¿Tan torpes son unos y tan genialmente convincentes los otros? ¿O quizá existe algo que se produce antes o con independencia del curso de la negociación explícita y que predetermina en gran medida su resultado?
El ejemplo precedente es un clásico ejemplo de negociación tácita. El editor ha diseñado un astuto sistema (valiéndose de una técnica complementaria que se denomina anclaje) que no tiene ninguna apariencia negocial. Remite el contrato ya firmado (como si sólo pudiera existir uno, un supuesto contrato-tipo que a nadie se le pasaría por la cabeza discutir, si será el habitual y normal que hasta está impreso) y el autor no tiene más que suscribirlo a su vez y devolverlo por el mismo conducto. Y sin embargo el contrato es un acuerdo que se adopta en situaciones típicamente negociales, un acuerdo que podía haber sido éste o cualquier otro. Ha sido éste. Y ninguna influencia ha tenido en este caso la habilidad verbal o psicológica de ninguno de los negociadores. Ninguna influencia podían tener tales habilidades porque aunque la negociación se ha producido no ha sido explícita, sino tácita. El problema está en que el autor, según parece sugerir el desarrollo de los acontecimientos, no la ha reconocido como tal negociación. En ocasiones, la negociación tácita no sólo esconde su nombre, sino que lo niega expresamente. Cuando un gobierno afirma que "nunca negociará" con terroristas mientras no abandonen la violencia, ya está negociando tácitamente con los terroristas. En efecto, está ofreciendo a los terroristas el abrir negociaciones explícitas (con lo que admite implícitamente la posibilidad de concesiones en algún aspecto) a cambio de que dejen de utilizar la violencia y esa oferta de intercambio es un movimiento estratégico típicamente negocial.
|
||||||||||||||||||||||||
|
||||||||||||||||||||||||